miércoles, 15 de marzo de 2017

Por lo menos

Cuando mis viejos se separaron me encontré con la necesidad de escribir, ponerle palabras a mi sensación de vacío y descargar todo ese dolor. Encontraba felicidad en agarrar mi lapicera, abrir mi cuaderno y llorar en tinta; irónico, ¿no? Sin darme cuenta en esa época gesté lo que es hoy mi concepto de "felicidad": dejarse sentir, manifestar el sentimiento. Un abrazo cuando estás angustiada, una risa cuando estás de buen humor, una reflexión cuando ansiás profundizar.
Llené hojas y hojas con mis palabras adolescentes de una nena sufriendo al creer que su familia estaba rota en un escenario caótico en el cual se esperaba que actúe como adulta. Escribir me salvó creo. No se si adjudicarle todo el valor que tiene la palabra "salvar", pero que me hizo bien, me hizo bien. Me enamoré de poder trasladar a letras una al lado de la otra un pedazo de mi corazón. Dejé parte de mi alma en cada renglón que escribí. Descubrí lo que soy, me entregué al papel y me enamoré de este universo.
Pero acá es donde la vida se vuelve jodida. Porque gracias a este cable a tierra que me hizo volar sumado al paso del tiempo, empecé a gustar de la vida. Salí de mi tristeza crónica, supere la separación de los viejos, acepté y quise mi contexto. Encontré paz en un horizonte que en la primer hoja de mi cuadero ABC azul parecía no pronosticarse. ¿Y la parte que me jode de todo esto? Que dejé de tener la "necesidad" de escribir. Sí, sé que me gusta... pero no lo hago tanto. Ya no tengo que "descargar", me autoconvenzo inútilmente, reduciendo el verbo a eso. Hay una mediocridad latente de mi parte en no animarme a ahondar en lo que hoy está dentro mío.
Claro, era mucho más fácil antes. Estoy triste por "x" motivo, y tengo derecho para estarlo. Hoy, en cambio, me considero una persona feliz... ¿qué tanto puede escribir alguien feliz? ¿No era mi mayor aspiración? ¿Con qué tupé oso ponerla en duda? ¿En qué momento me convencí de que los felices no tienen "derecho" a exteriorizar lo interior? Pero si el arte es la manifestación del sentimiento, y la felicidad es puro sentimiento... entonces claramente hay algo que está fallando en mí. ¿Por qué me niego el sentimiento? ¿Qué tengo miedo de escribir?
¿Tendré miedo de empezar a descargar tanto hasta el punto de quedarme vacía? O peor, ¿miedo a darme cuenta que ya lo estoy?
A esa última pregunta la combato escribiendo estas líneas. No estoy vacía, ni hay palabras que puedan vaciarme. Me sigue faltando el trabajo de encontrarme. Pero por lo menos estoy escribiendo. 

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