lunes, 9 de septiembre de 2019

Crónicas de un hippie

Descalza

Llegaste tarde. Te bajaste del 60, te acercaste caminando sin apuro y hasta frenaste para cambiar la canción que sonaba en tus auriculares. Estabas descombinado. ¿Quién se pone cuadrillé con cuadrillé? Te quedaba simpático, igual. No entiendo cómo hiciste, pero todo vos, esa esencia desprolijamente mansa, tiñió tus acciones de algo encantador. Hay que saber llevar esa vida a dos por hora y que los demás no cambien de canal.

Me dabas tanta intriga que me llegué a estresar. Y así como quien no quiere la cosa, te instalaste a una cálida distancia y se te escapó tu hoyuelo izquierdo. Esa auténtica templanza me calmó, me distrajo. Me convenciste sin siquiera intentarlo de que una tardanza no es la muerte de nadie y en silencio contabilicé la cantidad de amarguras que me podría haber ahorrado de entender esto tiempo antes. Y ahí, sin conocerme mucho, me dijiste que te hacía acordar a una canción que escribiste hace algunos otoños y que algún día me la ibas a mostrar.

Tardé un poco en sacarte la ficha pero di en la tecla: sos un constante ahora, un eterno presente que se va alargando de a poquito. A veces siento que no tenés noción del pasado y mucho menos del futuro. Que no adherís a la convención que algunos conocen como “tiempo” y simplemente te desplazás por el mundo. Paseás.

Qué distintos somos, che. No sabría cómo explicarte que soy puro pensamiento, energía, plan, estructura, control. Intensidad. No sé cómo hacer énfasis en la dicotomía que seríamos, fuimos, somos, no sé. Tampoco sé quién me mandó a interesarme en un hippie que parece no usar relojes ni calzado, pero, bueno, pasaste.

Igual así como apareciste paseando, paseando te fuiste también. Y está bien. Me regalaste un rato de acción en cámara lenta y me gustó. Así que gracias, querido hippie, tu juego me pareció divertido y ahora me dieron ganas de seguirlo en otro lado. Me toca. Ya me descalcé.

Creo que voy entendiendo cómo funciona. Es mi turno, no tengo dudas: toca moverme porque el asfalto me quema si me quedo mucho tiempo en el mismo lugar. Qué bien se siente estar descalza.

——

Siete birras

Me dijeron que arme un cuento de esto. Que le meta un nudo, algún que otro rococó. Más acción. Lo releí un par de veces e, inevitablemente, me acordé de él. No puedo escribir un cuento sin serle infiel a esa dulce nada que compartimos. Creo que ahí estaba su magia: a veces hace bien una nada cargada de sentido para desprenderse, aunque sea un rato, de todo.

Además, el hippie se adhirió a mi lógica en la que no hace falta involucrarse demasiado. En algo de eso sí coincidíamos: yo abuso de pensar en el futuro y por ende, lo evito, y él no lo registra y por ende, no existe. Estábamos condenados, entonces, a no tener más que esos instantes efímeros que tarde o temprano, iban a quedar solamente en el recuerdo. En el recuerdo y en estas líneas que a medida que las trazo se vuelven ajenas a mí.

En total, compartimos siete cervezas. Cuatro pintas tiradas y tres Quilmes de litro en un bar que le gusta a él. La primera vez que salimos hicimos un desfile por bares cerrados (porque se ve que los lunes no es día para chamuyar y él no lo sabía) hasta dar con un cuarto bolichín que nos hizo de anfitrión. No llegaba a leer el menú en la pizarra atrás de las canillas de birra artesanal y me dijo que era porque no veía nada de lejos. Le pregunté si era miope y no entendió. Puede que haya estado fumado pero prefiero el beneficio de la duda. Se olvidó los auriculares en mi auto dos veces y la billetera –por suerte– solo una vez. De hecho, lo de la billetera fue la última vez que nos vimos. Ya nos habíamos despedido y la vi reposando ahí, tranquila como su dueño, sin llamar mucho la atención. Ahora que lo pienso, si no lo hubiera alcanzado para dársela en ese instante, deberíamos haber tenido que vernos una vez más para que se la devuelva. Y lo nuestro hubiese tenido un poco menos de fugacidad, un capítulo más. Tal vez una octava birra. Pero no, no. Las tramoyas quedaron un par de personajes atrás. No me hacía falta una excusa para volvernos a ver. En realidad, no me hacía falta volverlo a ver.

Ahora entiendo por qué no puedo escribir un cuento. Con siete birras me basta.

viernes, 6 de septiembre de 2019

Un poquito mejor

Y de repente me encuentro un viernes a las 20:43 volviendo a escribir de vos. Volviendo a escribir por vos. Volviendo escribir para vos, como si en algún universo paralelo fueses a toparte con estas palabras. Como si en ese mundo alternativo en el que vos y yo estamos juntos, te prestaría estas hojas entre risas y mates para que nos sintamos afortunados de que después de tanta vuelta y tanto desencuentro, hubo final feliz. Como contándote mi versión de los hechos, chusmiándote lo que pasaba puertas adentro. Entonces hoy te escribo creyendo que vos mañana lo vas a leer y me vas a querer más todavía y que vas a entender los cimientos de mi amor. Es como que en cierto modo creo estar haciéndole un favor a la yo del futuro, para que no le haga falta dar explicaciones y al entregar estas hojas quede todo más que claro.

Corto en seco para correrme las lágrimas que me nublan la visión. Me analizo desde ese mundo paralelo: qué patética soy en este plano. Romántica empedernida. Escondida, silenciosa; pero empedernida al fin. Quiero vivir en el primer párrafo porque ahí estoy más cómoda, porque ahí duele menos. Porque ahí está él y en este estoy sola. Estoy sola y lloro porque el amor no correspondido es una mierda y estoy cansada. Y en estas líneas agrias que tanto más se parecen a la realidad no le hablo a nadie más que a mí. No me queda otra.

Así que va: me escribo. Primero que nada, me doy cuenta que necesitás un abrazo. Está bien llorar. Aunque te sientas una boluda que llora por un boludo, merecés un abrazo. Y no sos más o menos nada por sufrir por amor. Hoy una amiga me dijo que le parecía noble que a alguien le rompan el corazón y creo que recién ahora entiendo qué quiso decir. Cabeza arriba. Sos humana. Sí, ni idea, es una paja. Te gustó alguien que no gusta de vos y lo celebro porque estás viva. Y ahora parezco esquizofrénica porque me da ganas de responder que solo quiero enterrar la cabeza en un pozo y hacer todo menos festejar el desamor. Pero es parte de serse sincera, de serte, de serme.

Entonces ahora son las 21:00 y pasaron 17 minutos y me caen más lágrimas que al principio pero creo que me siento un poquito mejor.

domingo, 25 de agosto de 2019

Billetes en blanco y negro

Le pagué con una buena pila de billetes de 10 pesos desordenados y arrugados. Eran muchos porque habíamos estado unas cuatro horas que sumaban más de $250 y, además, nos queríamos sacar el cambio de encima. El señor que trabaja en la caja del estacionamiento de 9 de julio y Juncal me dijo que no me preocupe; que su abuelo, en uno de los pocos recuerdos en blanco y negro que le quedan, los entregaba así. En realidad, los daba más arrugados todavía. Me mostró con su mano surcada cómo su abuelo (que habrá nacido en 1850 me imagino) se aferraba al papel y lo hacía bolita antes del intercambio. Se le escapaba un hoyuelo entre sus arrugas y creo que también una lágrima.

Me charló un poquito más mientras se formaba fila atrás mío pero a él no le importaba. Mis amigas esperaban arriba del Ford Ka, con balizas. Un hombre de traje que me respiraba en la nuca me preguntó si ya había pagado porque estaba apurado. Le creí, no paraba de contar los segundos golpeando la suela de sus de zapatos de marca contra el piso y chequeaba su reloj como si fuese una coreografía. Me incomodé, me puso tan nerviosa que hice una mueca medio rara y dejé al viejo con las palabras en la boca.

Me subí al auto hecha un desastre, como de costumbre, y tardé unos segundos en arrancarlo. La copilota me preguntó por qué había tardado tanto y puse primera en silencio. Me hubiese gustado decirle que maneje ella, que yo después veo cómo me vuelvo. Segunda, flechas en el piso, la salida a la derecha. Que quería seguir charlando con el señor, que me dio ganas de saber más de él, que me pareció que estaba muy solo. Tercera, salí en Juncal, doblá a la derecha dice Google Maps. Que me di cuenta que en el fondo todos estamos un poco solos. Que al final somos una anécdota, o muchas, o ninguna. Cuarta. Panamericana. Quinta. Que no sé a dónde voy tan apurada. Estoy cansada. Que ese señor trabaja en una caja de vidrio en el subsuelo de una avenida y que su abuelo trabajaba al aire libre y que por eso le gustaba visitarlo al laburo y que lo extraña y que tiene miedo de olvidarse de él. Bajá en Capitan Juan, yo te pago el peaje, me dijo. Me dio un billete de $100 nuevito porque nos habíamos gastado todo el cambio y la chica de Autopistas del Sol me hizo cara de que le estaba cagando la vida. ¿Más chico no tenés? No, perdoná. Le puse cara al abuelo del tipo del estacionamiento y me lo imaginé arrugando la jeta de San Martín. Me devolvió tres billetes y dos monedas. ¿Desde cuándo hay monedas de 10 pesos? Apoyé todo arriba de la guantera y la copilota los ordenó con las caritas para el mismo lado y de menor a mayor.  
— No es de TOC— se apuró a decirme—, es que mi abuela me enseñó a ordenarlos así y bueno, cada loco con su tema, qué sé yo.
— ¿Te da miedo que se olviden de vos?
La descoloqué.
— Nada, nada, perdón— arremetí rápido— ¿Acá a la derecha, no?
Asintió.

Me quedé sola en el auto, puse balizas. Abrí la billetera y me fijé si guardo mi plata de alguna forma. Confirmé lo que intuía: pongo los billetes doblados a la mitad en fajos bastante aleatorios. No sé de quién lo heredé o a quién se lo copié. A veces no sé de dónde vengo. Saqué las balizas. Tampoco sé a dónde voy. 



jueves, 22 de agosto de 2019

11 días nublados

Mi vieja cuenta que el primer año de casada anotó que solo hubo 11 días nublados. Me lo dijo una vez hace mucho a modo anecdótico y nunca me lo olvidé. Creo que, hoy, mirándolo con un poco de retrospectiva, me llama la atención que no me haya contado que fueron 344 días de sol.

La pobre porteña encerrada en San Juan, extrañaba la humedad que le inflaba el pelo, el pegote en la piel los días de calor subida a la línea D y, sobre todas las cosas, añoraba los domingos de lluvia que ameritaban estar todo el día en pijama. Supongo que ese registro del clima no era más que un débil grito de nostalgia.

Hace poco hubo una semana (o un poco más) sin que salga el sol. Fueron días fríos, grises. Bajos de energía. Me excusé con que el clima no aportaba y me di de baja de varios programas que no me tentaban. Estuvo bueno, era un sentimiento colectivo, legítimo. Era válida mi excusa.

Supongo que la vieja extrañaba no poder echarle la culpa al día nublado para disfrazar sus pocas ganas de estar ahí. Supongo que durante un año esperó un changüí de arriba que le regale la posibilidad de descansar, de decir basta por un ratito, de volver a lo cómodo y conocido. De poner pausa del frenesí de una rutina que no sentía propia, que no la tenía contenta. Supongo que se debería haber dado cuenta que había algo que no estaba funcionando y no era precisamente el clima.

Supongo que yo debería haber entendido que entre mis papás algo estaba roto y que me habían dado señales a lo largo de mi infancia. No entiendo por qué me sorprendí tanto cuando me anunciaron lo inevitable, por qué me costó tanto lidiar con el asunto. La agenda de mamá lo tenía anotado, lo había visto venir allá por 1992: en ese primer año de casados hubo 11 días nublados.

También hubo 344 días de sol; aunque eso no importó. No se puede cambiar el título de esta historia, qué se le va a hacer. Algunos dicen que el destino está escrito en la palma de la mano, en el cosmos o en el árbol genealógico. Yo digo que el destino no está tan lejos: está anotado con tinta azul en el margen de algún cuaderno Rivadavia. Con letras desprolijas, chiquitas, garabateadas casi al azar. Hay verdades que se esconden en jeroglíficos intraducibles al qwerty pero, por suerte, también quedan márgenes sin escribir.

Le voy a comprar un cuaderno nuevo a mi mamá, ojalá que este año tome mucho sol.

martes, 20 de agosto de 2019

Rompe paga

Me abrocho el cinturón en el penúltimo agujerito pensando en cómo tus manos gruesas van a deshacer mi acción. Me miro al espejo por última vez y, perfumada, salgo a encontrarte. Me siento completa, terminada, digna de enmarcar.

Toda esa completud se desarma cuando te acercás, de a poquito, y me decís algo al oído. Te distraés con mis argollas de plata, las descubrís y pasan a ser tu juguete preferido. Te encaprichás y afirmás que soy tuya. Que no me querés compartir. Me convertís en espectadora activa, viendo mi última media hora en marcha atrás: me despeinás, me desatás, me desacomodás. Te cedo el control remoto y apretás rewind a tu gusto. Pausa. Play devuelta. La película va y viene un rato más.

Cuando vuelvo a casa, el espejo me espera con una sonrisa. Me veo más alta y más llena que cuando me fui. Me gusto desarmada. Es algo nuevo y me da miedo, me da miedo que me rompas.

Más miedo me da que me guste estar rota.

martes, 30 de julio de 2019

Paco y Toto

Cuando mi viejo no estaba de viaje, mi casa era una fiesta. Con Mateo teníamos un instinto casi perruno para percibir cuando estaba por llegar del laburo y empezábamos a correr en círculos alrededor de la puerta principal. Se escuchaba el llavero del otro lado de la madera que retrasaba el reencuentro y desplegabámos todo lo que teníamos para mostrarle. Papá mirá acá, escuchá este ruido que aprendí a hacer, hoy en el colegio me saque un 10, ya estoy bañada como dijo mamá, mirá me re sale la vertical, papá no sabés Mateo aprendió a multiplicar, hoy fui a lo de una amiga a jugar, mirá pá ya me crecieron un montón las paletas. Después, entre hermanos compartíamos un cuchicheo cómplice para ver quién hacía el pedido que fundamentaba tanta alegría, quién iba a ser el encargado de convencerlo, quién iba a obtener ese sí para irnos a dormir más felices de lo normal. Tácitamente accedíamos a decirlo juntos, pero en lo concreto debo confesar que mi ansiedad arruinaba la armonía de pronunciar la pregunta al mismo tiempo porque siempre me adelantaba; las palabras se me salían de la boca, me pisaban los talones, rebotaban acompañando el torbellino de endorfinas que me inyectaba la situación.

—Pá, ¿nos querés contar un cuento de Paco y Toto hoy?

Y obvio que después rellenábamos el pedido con porfas, plichu plichu y caritas de ángel que nos salían bastante mal. Eventualmente el hombre terminaba cediendo a nuestros deseos porque si teníamos claro algo era que íbamos a aprovechar a papá las noches que esté en casa y no nos dábamos por vencidos.

Paco y Toto eran dos personajes inventados, protagonistas de todas las historias que nos relataba el viejo. Nos daba a elegir entre distintos títulos que se le ocurrían en el momento y a partir de ahí, estos dos muchachos tenían vida propia en nuestra mente. “Paco y Toto van al parque de diversiones”, “Paco y Toto viajan a la Costa”, “Paco y Toto intentan cocinar un omelette”. Paco y Toto crecían y conocían el mundo unos pasos adelantados a mí, me allanaban el terreno. Se mandaban todas las cagadas posibles y me mostraban cómo arreglarlas. Esa dupla era, para mí, una especie de primos más grandes que me tiraban la posta de lo que no había que hacer o de cómo zafar de situaciones cotidianamente complicadas.

Los cuentos tenían una constante: cuando Paco le preguntaba a Toto qué le parecía, si les convenía meter primera con la idea de turno (casi siempre condenada a que les salga mal), Toto le respondía “y daaaaaale”. Y eso nos contestaba papá después de tanta insistencia. Y daaale, así, medio cantado.



Escuché muchos episodios de Paco y Toto a lo largo de mi infancia pero me faltó un último capítulo. El viejo nunca nos contó el que se llama “Paco y Toto crecen”. En mi mente siguen siendo torpes adolescentes que están descubriendo el mundo y me da miedo pensar que, de repente, soy más grande que ellos. En algún punto, dejamos de insistirle a papá para que nos siga contando sus historias. Nos quedaron chicas, esos cuentos eran para bebés. Sus vidas quedaron suspendidas, hasta diría que olvidadas. Crecimos y Paco y Toto se convirtieron en una anécdota oxidada, una foto en blanco y negro archivada en un cajón.

Me gustaría ser Paco y preguntarle a Toto si está para que dejemos de crecer por un rato, que me mire de reojo levantando un poco las manos y que diga lo suyo. Tengo muchas ganas de escuchar ese “y daaale” cantado. Qué lástima que a los grandes no les cuenten historias antes de irse a dormir.

miércoles, 10 de julio de 2019

Sonaban los decadentes

Mateo miraba atento por la ventana y leía con una dicción casi perfecta los carteles que decían cuántos kilómetros faltaban hasta llegar a Buenos Aires. Para mí era lo mismo que nada, solo quería saber cuántos minutos faltaban para llegar o, en su defecto, cuántos cds de la colección de papá iban a sonar hasta llegar a destino. 

Casi todas las veces que nos subíamos a la Blazer del viejo para hacer los 1200 km de San Juan hasta la casa de los abuelos era o porque habían empezado las vacaciones, porque nos tocaba ir a visitar o por razones que no comprendía o elegían no contarme. Sea el motivo que fuere, teníamos una rutina que se repetía religiosamente: a eso de las 4 de la mañana, mamá y papá se despertaban para cargar la camioneta; al ratito nos despertaban, nos abrigaban mucho y, sin despabilarnos, nos alzaban y nos ponían en la parte de atrás del auto. La indicación de los viejos en ese momento era que sigamos durmiendo lo más que podamos y con Mateo teníamos la habilidad de convertirnos en un nudo, en dos cuerpitos hermanados que se servían de colchón mutuamente. Nos despertábamos cuando ya era de día y yo preguntaba cuánto faltaba para llegar, a lo que mamá me respondía poéticamente que estábamos haciendo el camino inverso al que hacía el sol: que cuando el sol llegue a San Juan y se esconda en nuestras montañas, nosotros íbamos a llegar a lo de los abuelos. Papá, en cambio, me respondía que faltaban más o menos 850 km por lo que claramente me quedaba con la contestación de la vieja y prestaba una atención muy cuidada a los pasitos que daba mi amigo amarillo. Eventualmente frenábamos a comer en alguna parrilla de mala muerte en medio de la ruta y yo sabía que podía pedirme un flan mixto de postre porque esos boliches por definición hacen los flanes con dulce de leche y crema más ricos de Argentina. 

Retomábamos la ruta y ese era el momento en que Mateo entusiasmado nos mostraba lo bien que le salía leer carteles que pasaban a 120 km por hora. Al ratito, mamá nos repetía que intentemos dormir, entonces volvíamos a enlazarnos y a los pocos segundos ya lo escuchaba suspirar profundo. Qué fácil le salía conciliar el sueño. Yo ya no podía dormirme pero tampoco podía moverme: entonces contra todo pronóstico de los que me conocen y saben que soy un alma inquieta, permanecía inmóvil para que mi hermano grande no se despertara y pueda dormir. Sentía que crecía un poco al tener ese gesto, que maduraba de a puchitos. Para entonces, esa era la demostración más grande de amor que podía hacer. Ser su almohada era un privilegio, un honor. Era ser parte del mundo de los grandes que se ocupan de cuidar desinteresadamente a otros aunque les quede incómodo. No podía pedir más. Y, mientras pensaban que estaba dormida, espiaba a los viejos en su dinámica, me fascinaba verlos complementarse en la ruta: papá manejaba todo el trayecto pero mamá nunca se dormía, le cebaba mates, oficiaba de dj, abría el paquete de Lays en el momento justo y un segundo antes de que él lo pida, ya le estaba pasando la botella de agua que tenía al costado de la puerta. 

Una vez los caché cantándose una de Los Auténticos que decía a mí me volvió loco tu forma de ser y desde ahí, por mucho tiempo, cada vez que escuché ese tema imaginé a los viejos en una especie de videoclip, actuando la historia de la canción. Arrancaba bastante visual diciendo que ella entró al bar del brazo de un amigo, pero después la película mental entraba en cortocircuito porque al Cucho Parisi se le ocurría cantar “me tiraste el pingüino, me tiraste el sifón y estallaron los vidrios de mi corazón” y la literalidad que venía dirigiendo la pieza audiovisual metía un pingüino en medio del bar y chau al verosímil; la ilusión de mis papás jóvenes se tornaba onírica, surreal; se suspendía la magia de creer que los hechos se habían dado así de verdad.  

Podían estar en silencio largo rato o podían hablar horas. Me gustaba pescar fragmentos de conversaciones y tratar de entender de qué hablaban porque muchas veces, en ese ir y venir de palabras, estaba la pista de porqué estábamos yendo a Buenos Aires esa vez. No siempre me gustaba la información pero prefería el pinchazo de realidad a escondidas y pícaro que la incertidumbre que le correspondía a un niño. Una vez pesqué que era porque mamá tenía cáncer. Hablaron mucho de esa palabra pero yo no sabía qué era y no entendí. Pensé que era un trabajo que no le gustaba. No podía preguntar porque supuestamente estaba dormida: me quedé con la intriga hasta que un par de años después, cuando ya estaba curada, vi una película de alguien que moría de un cáncer de sangre y tuve una pequeña epifanía. Qué bueno que no pregunté en el momento porque creo que no hubiese podido lidiar con el miedo de que a la vieja le pase lo que le pasó al de la película. Otra vez los escuché hablar de que noséquién le metía los cuernos a la mujer y, en mi literalidad infantil e inocente, trataba de entender qué podía significar eso. Lejos estaba de la triste, agria, realidad.

Hubo un viaje que mamá tenía a Clara en la panza pero todavía no tenía nombre. Estaban analizando opciones: Olivia, Sol, Clara o Rocío. Papá le decía que también había que pensar de pibe y mamá insistía que estaba segura que era nena. Yo escuchaba eso y me quería morir: quería ser la princesa de la familia, la reina de la casa, la dueña de todo lo rosa. Quería que piensen nombres de varón también. Ese día rompí mi silencio, confesé que nunca me había dormido, que fui testigo atenta de toda la conversación. Les pedí, por favor, que también consideren el nombre Félix porque a mi me gustaba (y porque creía que así iban a haber más chances de que no me roben el trono).  Mamá le sacó gravedad al asunto, que si era nena iba a tener una aliada para jugar siempre, que iba a tener con quien compartir todas las historias de princesas y castillos que tanto me gustaba contar y me amigué con la idea. 

En otro viaje me acuerdo también que los escuché mencionar a un abogado. Y un divorcio. Fue el último compartido. Nos quedamos en Buenos Aires; papá volvió manejando solo. Sonaban los Decadentes. 

jueves, 4 de julio de 2019

Arena

El dulce de leche tenía sabor a arena pero no nos importaba. Lo habíamos llevado a la playa a la mañana y, para el momento que el sol, ya cansado, teñía todo de dorado, estábamos en el auto dejando ese paréntesis en el espejo retrovisor. Tenía gustito a arena y lo cuchareamos sin vergüenza porque sabía a un recuerdo que no queríamos que se nos escape. Lo comimos mientras jugábamos al de encontrar palabras en orden alfabético en los carteles de la ruta. Obvio que ganó el Chino. Devuelta. Los de atrás estábamos convencidos de que su lugar de copiloto le daba ventaja. Yo me sumé a defendernos, a argumentar que era un afano y no dije lo que verdaderamente pensaba: que la posta era que el Chino era muy bueno y yo adelante también me hubiese estancado en la ele, dejando pasar cuatro carteles de La Pataia sin registrarlos. Qué sé yo. Más fácil decir que atrás no se ve nada y negar mi miopía. 
El viaje en auto fue eterno pero no me di cuenta. Estábamos divertidos. Me dejaron en la puerta de casa y me bajé hecha un equeco: bolso sin cerrar, matera, libro, cartera rebalsada de cosas, auriculares colgando, celular en el bolsillo de atrás del short. Maniobré un pseudo chau con la mano izquierda, así como pude, y los vi subir la ventana a medida que avanzaban. Andá a saber dónde había dejado las llaves de casa. Estaba en pleno momento de organización para encontrarlas cuando escuché que me gritaban desde el Gol Country. No se escuchaba muy bien pero decían algo así como que me quede el dulce de leche, que ellos no lo querían y le quedaba más de la mitad como para tirarlo. Me acerqué al auto pausado con balizas en la vereda y me lo pasaron. Estaba todo pegoteado. Esta vez tenía solo el frasco en la mano así que pude saludarnos con un poco más de entusiasmo y ahí sí que nos dijimos chau por unos días. 
Volví en vano a mi búsqueda un poco frenética de las llaves. No estaban por ningún lado. 
Me senté al pie de la puerta a esperar que llegue alguno de mis hermanos a salvarme. Miré de reojo el dulce de leche y la cuchara. Imposible negarme. 

Tenía sabor a arena y no me importó. Qué ricos son los recuerdos. 

jueves, 13 de junio de 2019

Sanwich

Hay una calle caótica que todo porteño evita. Los semáforos están de paro, el asfalto está cubierto de cráters sin arreglar y si en algún momento existió una línea blanca y amarilla para delimitar los carriles, esa línea ya no existe hace rato. Esa anarquía obliga a ir lento y poder robar instantes camuflados en la vorágine. Suelo bajar las ventanas para pescar alguna conversación, alguna cumbia barata sonando en un parlante de celular y, si tengo suerte, el olorcito a choripán de los puestuchos de las esquinas. 

Hasta ahora, mi descubrimiento preferido de esas cuadras es un pizarrón negro puesto muy el borde de la vereda. Está escrito con tiza blanca y letras mayúsculas muy prolijas que dicen “sanwich” y un precio abajo. El cartel es el mismo hace año y medio, van cambiando el numerito nomás porque, bueno, la inflación pega en todos lados. Cada un mes le suben diez pesos pero sigue siendo el mismo cartel simpático y errado a punto de caerse. Entre todo lo que se come ahí se ve que alguien se comió la “d” y no planean hacer nada al respecto. Nadie les contó que sandwich no se escribe así o no les importa y los banco. Más adelante, hay un cartel que dice “gaciosa” pero ese me molesta, no me da ternura. Les diría algo pero no puedo imaginarme la situación de bajarme del auto para jugar a la maestra ciruela. Tampoco es que me importe tanto. Sigo de largo. 

Ayer fui sola y, como no estaba apurada, tomé mi camino poco productivo. Bajé las ventanas, esquivé un par de pozos. Hubo uno que me agarró desprevenida y el paragolpes (o alguna parte del auto cuyo nombre jamás sabré) hizo un ruido raro así que decidí ir todavía más despacio. En la vereda, ahí al lado mío, había un señor con panza y pelado acomodando una caja de madera en la parte de atrás de su moto y otro, un poco más flaco, con barba canosa y look más pendejo, ayudándolo. 
—Es triste...—dijo el pelado, con un tono medio bajito como si se lo estuviese diciendo a él mismo. 
—Y sí, es triste, boludo— respondió el otro, queriendo equilibrar la empatía de su mirada con palabras frías.  De macho. 
El pelado siguió forcejeando la caja para que quede más firme. El otro lo siguió mirando, acompañándolo a su forma hasta que desistió y se distrajo con el celular. Yo me estaba yendo, se venía la parte de la calle sin pozos y no tenía ningún auto adelante. No había excusa para ir tan lento. Los había dejado de mirar, me tocaba ser una ciudadana responsable y prestarle atención al camino. Estaba pasando a tercera y lo escuché. 
—Es triste... pero ¿sabés qué es más triste, Flaco? Que me chupa un huevo. 

Cuarta. Quinta. 

jueves, 16 de mayo de 2019

Mi mesita de colores

En la casa donde crecí había una mesita ratona de plástico. Era mía. En realidad, la compartía con mi hermano más grande pero como yo pasaba más tiempo ahí, habíamos arreglado que podíamos decir que esa era mía y el sillón del living era de él. No había tal necesidad de dividir las propiedades pero se sentía bien la pertenencia, el deberse a algo, tener una conexión distinta y especial. Esa mesa era mía y yo la cuidaba y la quería y me instalaba feliz todas las tardes. Estaba puesta en una esquina de la galería, cerca de la pileta. El mejor momento era cuando atardecía y la luz del sol se colaba de coté medio amarillenta: eso significaba que en un ratito iba a aparecer mi vieja con un licuado de banana y leche en un vasito azul de plástico diciéndome que entre, que iba a empezar Art Attack. Al principio me jodía tener que suspender la obra de arte de turno que estaba haciendo o dejar de organizar el show de canto, baile y más canto que iba a hacerles a los pobres mortales que vivían en casa; pero una vez que entendí que si los rayitos de sol atravesaban las ramas del árbol de ciruelas ya era hora de ir cerrando ideas y guardando todo en la cartuchera, podía esperar lista cual sargento al llamado de ir adentro y llegar puntual a la cita que tenía con Rui Torres y sus manualidades.

6 años después ya no usaba esa mesita. Mi cuerpo torpe y adolescente no entraba ni me interesaba tampoco. Estaba en Secundaria, muy ocupada en ver cómo acortarme la pollera cuadrillé, hacerme licenciada en la banda de rock que el pibito que me gustaba era fan y en pensar distintas maneras de gritarle al mundo que había crecido. La usaba mi hermana que sí tenía edad, que era chiquita. La pendeja la amaba. Creo que hasta más que yo. Tenía su propia rutina, sus códigos, sus señales para saber que se terminaba el momento de crear y había que guardar la plastilina. Era suya. Ni siquiera tenía que ganársela a otro hermano de la edad porque era la última de la familia. No sufrió el derecho de piso, no, ella nació y esa mesita ya tenía su nombre. La esperaba para que alguien le siga dando vida.


Hace unos meses mi vieja la donó sin previo aviso. Mi hermana, con las uñas pintadas de negro y rimmel en las pestañas, hizo un escándalo porque le sacaron "su" mesita sin preguntarle. Se acordó de que toda su infancia la vivió apoyada en ese plástico grueso y amarillo. Lloró un poquito y todos le preguntamos cómo estaba. Se quería hacer la adolescente rebelde pero seguía siendo una beba que quería garabatear sin responsabilidades.

Obvio que no lloré. La mesa era de ella. No daba que aparezca yo con el duelo que no hice cuando, en mi rol de hermana mayor, se la cedí en silencio. El escándalo legítimo que tenía permitido había vencido hace varios veranos. "Donaron la mesa de Clara", era claro el mensaje.

Otro pequeño humano la estará usando en este momento, quién sabe. Ojalá sepa que tiene su cuerpito talle 4 apoyado en un lugar sagrado. Ojalá la haga propia. Y ojalá me cuente dónde la encontró, porque yo también estoy buscando una de esas.


Hace más de 9 años que vendieron mi casa de la infancia, creo que Rui Torres está muerto, no es época de ciruelas y la mesita, me doy cuenta ahora, nunca fue mía. Me queda el recuerdo de las ganas de dibujar sin que me corrijan, la imaginación para montar shows en mi mente y la valentía para inventar historias y contárselas a cualquiera que pasaba cerca mío. En algún momento fui libre y creativa y me extraño.

¿Dónde hay mesitas de mi tamaño?

miércoles, 24 de abril de 2019

Pica

Mis viejos se despertaban tarde los domingos, así funcionaba la dinámica del fin de semana en casa. Había un acuerdo tácito de que ese último día de la semana comíamos un desayuno muy tardío, un almuerzo de sobras, un té tempranero y una cena inexistente todo mezclado en una misma sentada a la mesa a eso de las dos del mediodía. Era comer o comer, llenate porque se cierra la cocina hasta el lunes a la mañana.

Los domingos eran así y yo estaba encariñada con esa rutina sin corridas. Pero había una excepción que ameritaba ponernos la alarma a eso de las 11 de la mañana y sacarnos del amado pijama, uniforme para ciertos días de pachorra. Esa alteración al fluir dominguero sucedía cuando éramos invitados a algún asado familiar en la quinta de la familia de mi viejo en Bellavista.

Comía rápido porque quería mi postre: jugar a las escondidas con todo el primaje mientras los adultos charlaban en la sobremesa con palabras que no entendíamos. Era mi juego preferido, nunca me encontraban.

Más que la satisfacción de ganar, lo que más disfrutaba era la adrenalina de que tal vez me encuentren y de escuchar a lo lejos un "pica Juancho" o los pasos acelerados de alguien disparando a la pared bordó gastada que oficiaba de paraíso donde automáticamente se me iban las ganas de hacer pis porque ya estaba en casa, ya estaba a salvo. Me consagré licenciada en el juego porque, de todos los jugadores oficiales, fui la única cuyo recoveco secreto nunca se reveló.

No sé en qué día mis primos se convirtieron en adultos con trabajos estables ni en qué momento exacto pasaron a opinar en esas conversaciones con palabras extrañas que desconocíamos; pero hubo un domingo sin fecha en el que todos participamos de la sobremesa. Tomamos café sentados. Nadie jugó.

Pasaron dos mundiales desde que mis tíos vendieron esa quinta con olor a asado familiar. Se terminaron los domingos en Bellavista y me regalaron el invicto eterno: no hubo más reclamo de revancha. Lo miro con nostalgia y me doy cuenta que me merecía esa máxima, ese reconocimiento que en realidad no le importaba a nadie pero que a mí me importaba millones. Sabía que los deportes no eran lo mío, que no clasificaba ni para ser de las pataduras del fútbol mixto, que ni siquiera daba una buena competencia cuando jugábamos al goofy en la pileta, que no iba a tener otra posibilidad de laureles porque siempre había un primo más grande que lo hacía mejor; por lo que me esmeré mucho en saberme experta en las escondidas.

De hecho, me escondí tan bien que todavía no puedo encontrarme. Sigo invicta. ¿Pica?

miércoles, 6 de febrero de 2019

También

Se acercó a la moza y, intentando no interrumpirla demasiado en su trabajo, le preguntó si podía prestarle una lapicera. Agarró un par de servilletas de mala calidad y se sentó sola en la mesa de la esquina. No sabía si quería escribir o no pero prefirió tener la certeza de que si quería, podía matar la soledad con sus pensamientos hechos tinta.
Nadie iba a acompañarla y lo sabía, pero no tenía ganas de volver a su casa porque ahí sí que estaría sola por completo.  Una vez más eligió la tibia companía de extraños, de personas sin cara, sin identidad. Personajes irrelevantes, de relleno. Los observaba sin mirar. Cada tanto se detenía en algún detalle pero nunca adquiriendo el plano general. Se concentraba en los auriculares del pibe de remera amarilla verdosa y deliraba pensando qué clase de música podría escuchar un ser que tiene ese gusto en ropa; se colgaba mirando la manera medio afeminada de sostener los cubiertos del viejo a su derecha y la risa simpática de una chiquita ubicada cerca del baño. Estudiaba estos personajes usando su mirada distante, esa que hace que nada importe... La que la enajena y la hace irse de sí por un rato. Recorría ese paisaje barato sin ninguna intención de retenerlo en su memoria.
Cerró los ojos y se vio sin reconocerse, sentada en la mesa de la esquina, con los ojos un poco llorosos. Se vio un poco perdida. Miró a su alrededor y ya no quedaba nadie. Las sillas estaban arriba de las mesas, la luz estaba tenue y la moza del principio hacía ruido con la caja. “Gracias por la lapicera”, le dijo mientras la apoyaba en la barra. No hubo tiempo a una respuesta, a un simple denada, a un buenas noches o a un pequeño gesto de adiós porque desapareció por la puerta principal como quien se escapa de algo.

.

La moza se acercó a limpiar esa mesa del fondo y se encontró con una servilleta escrita. La leyó como en cámara lenta y respiró hondo. Fue a buscar la lapicera que seguía descansando en la barra y se dejó llevar. Escribió dos palabras mirando para los costados a pesar de que no haya nadie, como si quisiera evitar que alguien la vea en pleno acto. Guardó la servilleta en el bolsillo de atrás de su jean, terminó de ordenar, apagó las luces y se fue por la puerta de servicio. En su caminata al bondi pasó por tres tachos de basura y dudó si tirar la servilleta o no. Siguió de largo las tres veces. Se sentó en la parada y tuvo la necesidad física de un abrazo y el dolor de que no se lo den. Llegó el 167 y cuando estaba por subirse alguien le tocó el hombro. “Se te cayó esto, me parece”, le dijo una adolescente con auriculares. Agarró la servilleta y la sostuvo fuerte con la mano izquierda mientras intentaba tapar lo escrito con la derecha. En vano: se leía igual.
“Le tengo miedo a la soledad”, decía con minúsculas chiquitas y desprolijas.
“Yo también”.

domingo, 6 de enero de 2019

Vicios

-Che, ¿tenés fuego?
Maite asintió con la cabeza y sacó el encendedor del bolsillo chiquito de su mochila. Sabía perfectamente que le quedaban dos puchos en la caja y que los estaba guardando para más tarde, pero también quería una excusa para seguir cerca de este sujeto desconocido y compartir el vicio le parecía una buena entrada. Además, no estaba muy convencida de esa idea de “racionalizar” los cigarros como si estuvieran en la guerra; esa política había salido de la cabeza de Oli, su amiga, que dijo que así de a poco iban a dejar de fumar juntas -énfasis en juntas-. Mil disculpas a Oli, pensó Maite a la segunda pitada del anteúltimo mentolado que le quedaba. Sintió la necesidad de compartir ese pucho con el pibito lungo que le había dirigido la palabra. Los dos esperaban un bondi que solía hacerse esperar, así que entre pitada y pitada fueron mostrando un poco de su identidad. Entre líneas de diálogo inconclusas e inconexas, se contaron que él estaba volviendo de la Facultad de Derecho y ella yendo a lo de su primo a tomar unos mates. 
Maite tiró un comentario vacío de contenido al estilo de “ah, mirá vos” porque no quería pecar de intensa y él respondió con una mueca casi imperceptible. Fumaron callados por un rato. Él tenía miedo de que el maldito bondi juegue a ser puntual solo para arruinarles el momento, sabía que quería decir algo pero no encontraba la forma de volver a entablar conversación. Cada instante sin palabras que se agregaba hacía más difícil una retomada sutil. Venció ante sus pedidos internos de auxilio y dijo lo primero que se le ocurrió: algún comentario de la serie que estaba publicitando Netflix en esa parada. Ella le dijo que no la veía, que en realidad no veía mucha tele. “Pero Netflix no cuenta como tele”, refutó él. Maite se río y cambió de tema porque no le gustaban las discusiones banales. Siguieron hablando hasta el colectivo los interrumpió. Estaba estallado de gente así que cada uno encontró un lugar como pudo y se sostuvieron la mirada por un instante. Maite se puso los auriculares y calculó cuántas canciones faltaban hasta llegar a lo de su primo. Sonaron los primeros acordes de la tercer canción de su playlist y cerró los ojos por un rato. Alguien le tocó el hombro.
-Te jodo devuelta, ¿te puedo pedir tu número?
Maite asintió y se lo anotó. El lungo le prometió que le hablaba en la semana y ella sonrió fallando en el intento de disimular su cara de feliz cumpleaños. Sellaron el pacto con un guiño sutil pero pícaro y ella volvió a su música y él a su lugar. 

Terminó la canción y Maite abrió Whatsapp. “Oli, dejo de fumar”. Enviar. 

sábado, 5 de enero de 2019

Mentiras piadosas

“Es obvio que vas a flashear que flasheo”, dije susurrándole a la comisura de su sonrisa. Lo dije convencidísima, o por lo menos eso pareció, mientras internamente estaba queriendo absorber el momento más de lo humanamente posible. Si fuésemos una película, esa hubiese sido la escena en que el común de los espectadores piensa “por fin” y algún que otro romanticón llora un poquito de felicidad. Entre nuestras risas de siempre y una mirada distinta, me di cuenta que nunca estuve tan cómoda con otra persona. No era nada nuevo, todos sabían que entre Manu y yo siempre hubo un magnetismo incamuflable... pero esto era distinto. Callamos sin palabras todas las incógnitas que sonaban desde que comenzó nuestra amistad y, muy a mi pesar, abrimos nuevas. Nuevos interrogantes, nuevos miedos.
Miedo a que nada vuelva a ser como antes y, también, miedo a que todo vuelva a ser exactamente igual. Moría de ganas de congelar ese momento, quedarme a vivir en la parte de atrás de su auto, sacar una foto mental y que no pensemos en nuestro pasado ni mucho menos en nuestro misterioso futuro. “Vos sabés que yo no quiero nada serio”, me dijo él intentando pincharme la burbuja. Lo dijo con la misma cantidad de verdad que yo le dije que no me iba a enganchar. Dos mentirosos. Dos miedosos. Dos actores improvisando, buscando la forma de no hacernos cargo de las consecuencias de nuestras acciones.
Estiramos el final de esa noche como quien no quiere entregar un examen pensando que en algún momento esa respuesta que necesita va a caer como inspiración divina. No nos decíamos nada. Simplemente seguíamos en nuestro ahí, en ese ahora, en una canción que solo nosotros podíamos escuchar.
Eso de compartir el silencio me lo había enseñado él. Era la única persona con la que podía estar sentada horas sin la necesidad de llenar el momento con palabras. Estar con Manu calmaba mi típica ansiedad en la que mi cerebro y boca jugaban una carrera a ver cuál podía pensar o hablar más rápido. Con él, simplemente ponía pausa a ese constante tic tac y me dejaba llevar.
Estuvimos ahí hasta que las responsabilidades del día después se materializaban en alarmas, recordatorios y mensajes de Whatsapp. Era duro volver a la realidad. Sin muchas ganas, devolvimos nuestros cuerpos a sus posturas habituales, nos miramos una vez más y abrimos la puerta. Así sin más le dimos la bienvenida a ese futuro cercano que nos daba tanta intriga.
Fue un poco raro pero nos abrazamos para decirnos chau. Nos reímos porque no habían pasado dos segundos de que rompimos la armonía de nuestro encuentro y ya lo estábamos haciendo un poco incómodo. Empecé a caminar y sin darme vuelta le repetí: “Es obvio que vas a flashear que flasheo”. “Que no se dé cuenta que ya me hizo flashear”, pensé. Me subí a mi auto y miré el volante por una eternidad hasta que me animé a poner una tímida primera. Lo vi hacerse cada vez más chiquito en el espejo del lado del copiloto hasta que me alejé del todo. Ya no estaba más. Solo me quedó el recuerdo y la intriga de cómo será la próxima vez que nos veamos. Subí el volumen de la radio y dejé de pensar.

martes, 6 de noviembre de 2018

Acarreando a Irene

Tengo un carry on con las cosas de Irene. Lo llevo siempre en el baúl de mi auto y la mayoría del tiempo me olvido que está ahí. Los miércoles a la noche y algunos domingos al mediodía, Irene me deja abrirlo y jugar a ser ella por un rato. Literalmente, me presta sus zapatos para que se los camine. Uso su vestido, me peleo con su marido, ordeno las cosas de su hijo y, por un pequeño rato, chancleteo sus pantuflas. 

Me cae bien Irene pero me da pena. Me parece que no es feliz, que no está conforme. Tengo la sensación de que se acostumbró a que algo no funcione y ya no es más consciente de ese ruidito interno que te avisa que cambies algo. Pobre Irene. Naturalizó que la maltraten, se enajenó. Perdió su identidad. Yo se la busco, le presto carácter y gesticulaciones pero su modus operandi gana todas las pulseadas: sumisa vuelve a ordenar en silencio. Y cuando soy ella, soy yo quien sumisa vuelve a ordenar en silencio el desorden ajeno. 

Cuando uso sus cosas me doy cuenta cuánto más cómoda me queda mi ropa. Me gusta abrir su carry on porque significa que puedo quererla hasta cansarme, guardar todo devuelta donde corresponde y distanciarme de ella con un cierre y un candado azul que estaba en casa.

Sé que nadie me lo robaría pero igual lo cierro cuidadosamente con candado porque tengo miedo que en 10 años ese carry on en el baúl de mi auto se extienda al asiento del copiloto, a mi cuarto o a mi cocina. Tengo miedo de olvidarme de cerrar esa valijita y, sin darme cuenta, Irene se haya expandido a mi vida. Me da miedo que su presencia no se limite a miércoles y domingos a la mañana y encontrarme siendo ella un martes al mediodía frente a una pila de platos sucios o experimentar la soledad un viernes a la noche. Tengo miedo de convertirme en Irene. 

Más que miedo, lo que siento es angustia. Angustia porque creo que, muy en el fondo y genuinamente, soy ella. Y de a ratitos juego a ser yo.

viernes, 2 de noviembre de 2018

Dos perros por un hueso

“Donde pongo el ojo pongo la bala” piensan algunos confiados. Frente en alto, sonrisa matadora con un tinte de picardía y están listos para cualquier desafío.

Chamuyos, roces, secretos, redes.
Susurros explícitos y silencios tentadores.

Se repiten las historias. Cambia la persona, el boliche, las palabras; pero en el fondo la cuestión es constante. Hay alguien con un perfume especial que emana un magnetismo incontrolable. Basta con que alguien lo registre para que empiece la cacería. Tiro va, tiro viene. Entran balas de todos lados. Si la suerte está de tu lado, son solo dos perros por un hueso. En la mayoría de los casos la competencia es mayor y llega un punto que el todos contra todos se descontrola y no sabés para qué equipo jugás.
Ya me cansé de cazar. Estoy harta de ser parte de esa jauría que persigue lo mismo con un afán desesperado y vacío. Me gustaría ser lo suficientemente valiente para sacarme el chaleco anti balas y ver qué pasa si dejo que entre lo que siempre estuve evadiendo. Guardar la metralleta que siempre usé para evitarme la decepción de que si alguien no quería jugar mi juego, habían semillas plantadas en otros lados. Pero el que mucho abarca poco aprieta dicen las malas lenguas y tienen razón. Ya no quiero ser más parte de esta guerra. Me rindo. Es una búsqueda del tesoro en la que nadie busca ganar nada en serio y todos perdemos el tiempo.

Dos perros peleándose por el mismo hueso, mordisquéandolo hasta darse cuenta que no tiene gusto a nada, hasta que ese sinsabor se vuelva aburrido y a buscar otro juguetito a estrenar.

No quiero jugar más.

sábado, 13 de octubre de 2018

Enigmas y domingo

Es domingo a la noche. Empecemos por ahí. Sin duda, los domingos ejercen una especie de coerción invisible que obliga a replantearse la vida entera. En ese contexto de platos en remojo, sobras en la heladera, rímel un poco corrido de la noche anterior y una lista de responsabilidades resaltadas en amarillo que evadí desde el viernes no queda más que pensar. Y cuando quiero pensar, escribo. Pero hoy me pregunto: ¿qué tengo para decir?

Evocar lo universal desde lo particular. Creo que esa debería ser una de los metas de quienes aspiran a ser escritores. Bah, por lo menos eso es lo que busco yo como lectora: desde una situación particular bastante lejana a mi vida cotidiana encontrar rasgos, sensaciones, emociones, climas con los que me siento identificada. Creo que eso es lo mágico de volcar en papel una serie de líneas con forma. En el fondo, todos buscamos conectar de algún modo u otro. Todos tenemos algo que se nos prende cuando escuchamos, sentimos, miramos -o leemos- a alguien que está prendido.

Entonces, retomo: ¿Qué es lo que me prende? ¿Cuál es mi particularidad? ¿Qué tengo para decir? Tengo una lista de preguntas existenciales de esa índole pero una aún más enigmática: ¿es posible encontrar respuestas un domingo?


lunes, 8 de octubre de 2018

37 minutos



37 minutos de demora. Siempre hace lo mismo. Habían quedado en el café habitual a las 2 de la tarde y, a 23 minutos de que se hagan las 3, Juana seguía revolviendo el cortadito que se había pedido para matar la espera y la humillación de estar guardándole lugar a la nada misma. “Se repite la historia”, pensaba amargamente mientras tragaba su café pasado de azúcar. Y para colmo, como para subrayar que ya no era espera sino simplemente soledad, el mozo se acercó por segunda vez con su irritante cántico “¿Le traigo la cuenta señora?”, lo cual despertaba aún más rabia: la estaba tratando de usted y además, como si fuera poco, le estaba diciendo señora. Tanta indignación acumulada se concentraba en esa silla vacía y el reloj que materializaba la tardanza.


Se imaginaba a Pancho caminando por las calles de Palermo, cuasi sin apuro, y ya estaba pensando cómo arrancar el rosario de puteadas que merecía recitarle en la cara apenas aparezca en el bar. 37 minutos habían sido suficientes para cuestionarse toda su decisión de reencontrarse. Después de dos años de llamarse novios, hace tres semanas estaban en el gris insalubre que inventaron los tibios conocido como “un tiempo”. Su relación, ya endeble desde los últimos dos meses, había decantado por desencuentros y desentendidos... y hasta tal vez, por desamores. 

El desamor era lo que más temían. A Juana siempre le dieron risa los intentos académicos de definir cuestiones inabarcables con palabras como “sentimiento intenso del ser humano que, partiendo de su propia insuficiencia, necesita y busca el encuentro y unión con otro ser”. Pero en el minuto 25 de la espera, desconcertada y aburrida, se topó con esa definición de diccionario del amor. La leyó, la reflexionó y hasta la odió. Le dio miedo volver a la “propia insuficiencia” o aún peor, a la propia suficiencia; no por la incomodidad de estar sola, sino por lo contrario: miedo por la comodidad que le despierta la soledad, la certidumbre de la independencia y el refugio de no necesitar a nadie más.


Al minuto 32 ya había deshojado cuatro margaritas imaginarias. Las primeras tres, contra su pesar, concluían en un sólido “no me quiere”; y la última, ya agotando la legitimidad del repetitivo ballotage, la dejó satisfecha casi como quien dice la tercera es la vencida, pero en versión cabeza dura que necesita una más. Además de ser testaruda, le ganaba la impaciencia y sabía que y 40 iba a haber otra vuelta y que la suerte (y la razón) no estaban de su lado. Necesitaba que llegue ya.


El reloj marcó 14:37 y ya no le quedaban uñas para comerse. En vano había intentado hacerse las manos para camuflar su desprolijidad adolescente. Miró al mozo lista para lanzarle la señal que el hombre tanto esperaba: ojos muy abiertos, movimiento de cabeza y la famosa mano garabateando en el aire. Lo persiguió mentalmente lo que pareció una eternidad hasta que se rindió y se quedó con “la cuenta, por favor” en la punta de lengua. Revolvió su café vacío y ausentó su mirada hasta que creyó reconocerse en una mesa del otro lado del vidrio: una veinteañera con zapatillas Converse y pelo despeinado, mirando perdida y revolviendo un café vacío. También lo reconoció a él: lo vio mirándola desde la puerta. Vio su sonrisa sutil, esa que tienen los que están enamorados, muy sincera, esa que no es ni muy grande ni muy chiquita y giró la cabeza. Ya no era el reflejo de un vidrio lo que mediaba entre ellos. Con 37 minutos de demora, ahí estaba. La cuarta margarita y el diccionario tenían razón. El “te quiero” que venció era un sentimiento intenso de una Juana que necesitaba el encuentro y la unión con ese Pancho. Pero en algo se equivocaba: esa necesidad, lejos de ser por insuficiencia o por suficiencia, era por algo que los trascendía a ambos. Rió una vez más de los intentos de verbalizar lo intangible y, dando un salto de fe, se entregó a la incertidumbre.  “Me debés 37 minutos”, fue lo único que pudo articular ella, carcomiéndose internamente por no poder decir algo mejor. “Te prometo que te los voy a devolver”, respondió él, mientras la desacomodaba en un abrazo.


Desde ese día, los relojes no pudieron seguirles el ritmo. ¿Qué son 37 minutos al lado de una vida?

lunes, 1 de octubre de 2018

Daño colateral

Otro sábado de lluvia inundaba el humor de Buenos Aires. Dicen que el clima tiene influencia directa sobre el estado de ánimo de los artistas. Marina era el fiel reflejo de esa teoría: las tormentas, el cielo gris y la humedad pesada le drenaban la energía y, por sobre todas las cosas, la hacían pensar. Pensar no como quien quiere pensar durante un examen o para hacer una cuenta rápida en el supermercado. La lluvia la hacia reflexionar. Cada gota sembraba una incógnita nueva. Glop. Duda. Glop. Duda. Glop. La cabeza no le puede ganar al corazón. No. ¿O sí? Vértigo, ilusiones, flagelos. Te quiero pero no me conviene. Te quiero pero me das miedo. “Te quiero pero no”, cuatro palabras que suspendieron el posible futuro que tal vez los esperaba. El trasfondo de ese mensaje era una especie de no sos vos soy yo versión no sos vos es la lluvia. Si hoy hubiesen ido al río como estaba planeado, hubiesen sentido. Marina hubiese vivido, sin la necesidad de rotular. Hubiese volado, reído. Tal vez, hasta se hubiese enamorado. El sol hace esas magias; pero el gris del cielo matizó todo con su inmensidad. Solamente quedó lugar para una colección de hubieses: el daño colateral de la lluvia.

sábado, 15 de septiembre de 2018

A los futuros festejantes

Estimado señorito que acaparó mi atención momentáneamente:
Hoy le dedico estas líneas a usted, ________________ (completar con nombre y apellido que correspondan al pretendiente de turno), para aclararle algunas cuestiones y, así, evitar confusiones de ambas partes en el futuro cercano.

Para comenzar, cabe establecer que si usted no está interesado debe de manifestarlo de inmediato; le ahorrará a quien escribe el trabajo de tener que construir este texto (e ilusiones) sobre una base inexistente. A su vez, por más de que haya un acuerdo tácito de sinceridad explícitamente de mi lado, puede que le falle en alguna que otra ocasión ya que muchas veces no soy sincera ni conmigo misma; por lo que toda cláusula escrita puede someterse a fluctuaciones y variables dictaminadas por mi rebelde voz interior. Espero sepa disculparme.

Futuro festejante: sea claro con sus intenciones (pero no tanto, no vaya a ser que ahogue la sana y lúdica incertidumbre pasajera); no mida sus palabras ni limite sus sentimientos; sepa callarme cuando lo sienta necesario y escucharme cuando me cueste alzar la voz. Sea consciente de que detrás de esta persona que intenta hacerse la fuerte, hay una gelatina de sensaciones con mucho pero mucho miedo al amor. Detrás de la fachada bastante armada y picarona, hay alguien que necesita ciertas seguridades aunque no lo parezca. Solidarícese con la causa y no fogonee tales debilidades. Por otro lado, le ruego que no me rompa el corazón. Y si lo hace, tenga a bien ayudarme a recuperar las partes heridas para luego poder ocuparme por mi cuenta en su reparación y así dejarlo en un estado "pseudo como nuevo" para el próximo candidato de turno que vaya a ocupar su lugar.

Le confieso que, aunque jamás vaya a decírselo públicamente, desde que tengo memoria sueño con ser princesa. No crea que dicha aspiración esté impulsada por deseos de autoridad política ni exposición, no. Sueño ser princesa porque eso implica que un príncipe se enamore de mí. "Que no punda el cánico", diría esa misma niña que a los cuatro años chancleteaba los zapatos altos de su mamá: no hace falta que usted sea azul ni de ningún color particular; tampoco se le pide que tenga un baggage familiar que aparezca en libros de historia; ni que posea título alguno de nobleza. Simplemente basta con que tenga interés en que construyamos un reino juntos. (Nota: el concepto de reino queda sujeto a definirse entre ambas partes en el futuro).

Si usted no cree ser correspondido de estas líneas, tenga a bien demostrármelo de alguna manera. Se le agradece encarecidamente por su efímera participación de relleno y la sana distracción que me convidó; pero le ruego sepa correrse de dicho rol. El espacio debe cederse a alguien que lo quiera enserio. En algún lugar -cerca o lejos- hay un muchacho que, sin saberlo ni manifestarlo, está esperando que esta princesa lo haga sentir como ese príncipe y no querrá usted privarlo (ni privarme) de dicha oportunidad.

Atentamente,
La comisión burocrática de mi corazón.



miércoles, 12 de septiembre de 2018

En tres termos llego

Me cebé otro mate y miré por la ventana. "Dale tiempo", me habían dicho. Me seguían resonando esas dos palabras que por algún referéndum ilegítimo supuestamente debían guiar mi accionar. Tiempo. ¿Qué clase de vago consejo es ese? ¿Cuánto tiempo es suficiente? 
Cebé otro mate, lavado y ya tibio, y coreográficamente, mirando por la misma ventana una vez más, retomé mis pensamientos. ¿Cuál es la medida del tiempo? ¿Cuánto se supone que debo esperar? ¿Un termo? ¿Dos termos? ¿Día y medio? ¿Un mes? ¿La vida?
Nunca fui de esas personas que se entregan cien por ciento al azar del destino. Tampoco digo que soy de las que se cartean, no. Pero sí, me gusta mezclar el mazo, acomodar en orden las cartas en mano y, a veces, pispear un poquito de reojo o a través del reflejo de anteojos ajenos para ver si la otra persona tiene justo ese cinco de espadas que estoy necesitando. 
"Dale tiempo" me dijeron... como si yo fuese la encargada de repartir semejante abstracto. Como si, de alguna forma, dándote tiempo a vos lograría que a mí se me frenara ese constante tictaqueo de saber que podríamos ser pero no. Como si fuese la vacuna para mi ansiedad; una ansiedad crónica que me pide a gritos saber si coincidimos en tiempo, espacio y, principalmente, sentimiento. Porque el cronotopos es manejable, manipulable... hasta te diría que ahí sí me carteo un poco. Pero se me hace imposible leerte, entenderte, anticiparte. ¿Cómo se supone que tengo que esperar si no sé qué estoy esperando?
Prefiero perder antes de empezar que que ni siquiera sepás que te estaba esperando con mates para jugar.


sábado, 8 de septiembre de 2018

Un nosequé

El otro día me miraste un poquito más de lo normal. Un poquito distinto. En tus ojos había un nosequé, una chispita de picardía que bastó para desencajarme toda la estantería. Y un poco que te odio por eso. Sabés que me gusta tener el control, que me gusta que el mundo baile mi canción y no al revés. Sabés que me das miedo, me da miedo lo que me podés llegar a hacer sentir. Y sabiendo eso, me mirás distinto igual. Creo que hasta te divierte ver cómo pinto mi persona con tintes de locura tratando de descifrar tus silencios tan intensos. Esa mirada, junto a tantas otras, iría en mi cajón de sentimientos que no puedo controlar. Debería... pero ya no cabe mucho más. Lo llenaste. Así que te voy a pedir que te responsabilices de la montaña rusa que me generás y me acompañes a comprar cajones más grandes, o una biblioteca con estantes abiertos, o un cuarto vacío. Necesito un nuevo lugar para depositar todos los futuros recuerdos que sé que me van a exceder. En mi simple y limitada figura humana no entra tanta confusión, tanto vértigo, tanta adrenalina. No entrás vos.

Y si no, me podés prestar un poco de tu cuerpo para que esa mirada, que hasta ahora es solo tuya, sea nuestra. Para que seamos un nosotros. Para que no hayan bordes que se desborden ni límites que nos limiten; que seamos un juego sin reglas ni puntaje; que improvisemos al compás del ritmo que nos depare la vida. 

Para que esa mirada un poquito distinta se convierta en nuestra mirada un poquito normal.

lunes, 3 de septiembre de 2018

Silencio

Nunca me gustó dar las cosas por sentado. Desde chiquita que reafirmo lo obvio, transformando certezas universales en conclusiones propias. Las yemas de mis dedos tienen innumerables llagas por cada vez que toqué un plato humeante. Tengo un paragüas verde agua en el baúl de mi auto en caso de lluvia. Me rasco las picaduras que ya me rasqué. Aprieto el botón que cierra las puertas del ascensor a pesar de que se cierren solas. Los “te quiero” se me escapan inconscientemente cuando alguien se gana mi querer. Con esta vara mido al mundo y Santiago parecía ser como yo.
Lo conocí el último abril, en la estación de tren. Vi apoyar su Sube no una ni dos, sino tres veces con desconfianza de que a la primera no le haya cobrado. Esa torpeza sútil y su ansiedad hicieron que lo persiga con la mirada y luego con la totalidad de mi cuerpo hasta entrar al mismo vagón que él. El destino o alguna diosa de la casualidad nos había reservado un par de lugares enfrentados y eso me regaló la posibilidad de observarlo durante un rato. Contemplé cómo se sumergía en el universo de un libro cuyo título no llegué a divisar y cómo, cuando iba a cerrarlo, marcó la página actual con un señalador de papel y luego con las solapas de la tapa y contratapa. Me reí en voz no tan bajita porque el libro que yo paseaba estaba manipulado igual. Junté coraje y acompañada de un cuota de descarez me animé a hablarle. No tengo muy en claro qué palabras habré articulado ni sobre qué eran; solo sé que me sentí muy cómoda y que desde ese día nos hicimos grandes amigos. De personas que comparten el tren de las 17:40 hacia la estación de Victoria, pasamos a ser compañeros de caminata hasta mi casa, después a vecinos que se juntan a comer mínimo dos veces por semana... hasta volvernos seres indispensables en la vida del otro.
Una noche cedí mi cansancio a la oscuridad y soñé con él. Entre sábanas vi todo más iluminado que nunca. Desde entonces lo supe. Eso que suponía tomó forma y certeza y se apoderó de cada célula de mi cuerpo. Solo me faltaba decirlo en voz alta, no podía no hacerlo. Pronunciarlo lo haría real y por más miedo que me frenara, más promesas aguardaba. Perseguida por ese pensamiento, mi propio caudal de “qué pasaría sí”s me aturdía. Recordé ese frío día de abril en que lo descubrí y me agradecí a mi misma y a la vida por haberme animado a dar el primer paso. Ahora me tocaba dar el segundo.
Respiré profundo, confié en el azar que nos cruzó en esa estación de tren y simplemente esperando a ser correspondida, me animé a ponerle palabras a lo que me pasaba. Hice explícito lo que estaba implícito en mi interior desde el sueño que lo cambió todo, que me cambió toda. Sin mucho preámbulo, esa tarde en casa articulé la oración que no cesaba de sonar en mis entrañas:
“Santi, estoy confundida”.

Sus ojos me lo dijeron todo. Me miró fijo, se posó en lo más profundo de mi interior y me devolvió todos los “te quiero” que le pertenecían, que le había regalado alguna vez. Ya no eran más suyos, ya no era más suya. Todo ocurrió en el transcurso de 3 segundos dilatados en una eternidad que mientras más se prolongaba más me perforaba. Ese tiempo fue suficiente. Marcó el fin de dicho contacto cerrando los ojos con pesar, moviendo de forma suave la cabeza de izquierda a derecha. Continuó esa coreografía en cámara lenta hasta un instante en el que se inmovilizó y volvió a encontrarse con mi mirada por última vez. Acto seguido, se levantó de donde estaba sentado, sintió con su mano mi hombro, y siguió caminando a la puerta. No me di vuelta porque no quería verlo partir... pero fue inútil porque el ruido de la puerta me partió. No hicieron falta palabras para desarmarme. Su silencio me dijo todo.

martes, 21 de agosto de 2018

Poesía acelerada

A veces creo que la vida nunca se queda sin tinta. La cotidiana está cargada de 
infinitas historias, insignificantes, superficiales, pero historias al fin. 
El amarillismo y los relatos que aumentan exponencialmente son los 
protagonistas de una diaria sin sentidos, llena de ruidos, de voces 
anónimas que hablan mucho sin nada que decir.
Por fuera, una novela, una serie de canal de aire, un programa de emisión 
diaria. Un caudal insaciable de energía, una fuente de constante acción 
e ir y venir.
Pero por dentro, simplemente, un color. Un cuento de Chejov, un paisaje, 
un silencio estancado.  

Hablo de un perfecto oxímoron que, por definición, es imperfecto. Hablo de mí: una poesía 
acelerada.

lunes, 20 de agosto de 2018

Efímero e inmortal

Sos tan efímero que duele. Fuiste y serás uno de los tantos viajeros transeúntes de mi película, otro pasajero que se desvanece antes de darse la oportunidad de ser real.

Este ocaso de domingo me encuentra escribiéndote porque, con tanto apuro, te dejaste algo. No sé si lo hiciste a propósito, si algún día planeabas volverlo a buscar o si lo reconocerás... pero te olvidaste algo que no me corresponde y no quiero hacerme cargo.

Me dejaste un recuerdo. 
Me gustaría devolvértelo.

Espero que lo vengas a buscar. Tu paso puede haber sido fugaz, pero acordate que la mente puede convertir lo efímero en inmortal.

sábado, 30 de junio de 2018

Chispas

Mi papá me dijo una vez que todo lo que escribía era muy autorreferencial.

Por mucho tiempo traté de cambiarlo, extraerme de mí por un rato, mirar con ojos ajenos situaciones ajenas. Usar zapatos que no me quedaban cómodos. Imaginar instantes cargados de emociones que jamás sentí. Traté... pero la "chispita de vida vivida" no dio el presente.
Entonces, para apropiarme de esas experiencias en terrenos desconocidos, busqué percibir las chispitas ya impresas en los libros de mi biblioteca. Leí a los grandes como Castillo, Borges y Cortázar. También leí a los "chicos", a esos cuyos apellidos pueden ser López, Pérez o Martinez y daría lo mismo.
Pero no dio lo mismo. Por lo menos a mí, no me dio lo mismo. Porque ese Pérez podría haber contado lo mismo que Martínez, o lo mismo que Borges; pero su pluma lo hizo único. Los textos de López gritan "López" en cada renglón. Sin querer queriendo, cada uno me dejó entrever un poco de lo que fue, de lo que es o de lo que quiere ser. Cada texto me mostró la cosmovisión de personas que no conocía, pero que ahora sí conozco un poco.

Y bueno, viejo, sí... todo lo que escribía era muy autorreferencial. Te cuento que todo lo que escribo hoy, también lo es.

lunes, 25 de junio de 2018

Mi colección de anillos rotos

Tengo ganas de enamorarme para así tener algo sobre lo que escribir. Jugar a hacerme la enamorada, encontrar metáforas en tus ojos, verte en canciones, pensarte en el futuro. Amarte al punto que la prosa me sea insuficiente; tan insuficiente que me obligue a recurrir a la poesía, para poder verbalizar de algún modo lo viva que me hacés sentir. Llorar a mares nuestras peleas y redactar cartas en mi cuaderno desgastado como manifiesto de mi amor inalterable. Porque soy así, lo sabés. Puro sentimiento. Pura expresión.

Sueño con una historia que nos tenga de protagonistas... en realidad, sueño con que algún día seas el personaje principal de mi vida, así sin audiciones, y me dejes ser protagonista de la tuya. Y así como te hablo a vos, en realidad podría estar hablándole a cualquier otro. Porque vos no existís todavía, solamente late un espacio vacío con ansias de ser llenado. Por el momento sos un concepto desdibujado; y por eso es que no puedo escribir sobre vos, no puedo escribirte. No puedo limitar tus ilimitadas posibilidades de ser.

Tengo ganas de enamorarme para que existas. Anhelo que seas real para ser sincera cuando escriba que me encanta tu cara de dormido a la mañana, cómo no entendés nada apenas te despertás de una siesta y que me puede la cara que ponés mientras te hablo.

Me gustaría escribir un libro con un título tan imponente como El amor en tiempos del cólera, aunque siempre me termine pareciendo más a La insoportable levedad del ser. Por mucho que lo intente, por más de que me quiera parecer a bloggeras enamoradas, a García Marquez o, en su defecto, a Milan Kundera... nunca puedo escaparme de lo que soy. Y por el momento, soy una colección de anillos rotos. No me queda otra que escribir sobre eso, mientras espero que vengas y me los arregles.

lunes, 12 de marzo de 2018

Döppelganger

Tomaba su pincel y, a las apuradas, daba trazos de izquierda a derecha, de arriba hacia abajo. Cambiaba los colores con una velocidad que hacía el movimiento casi imperceptible al humano. Por momentos se asemejaba a una máquina o anhelaba tomarle prestado el Génesis a algún Dios. Algo la apremiaba y, esta vez, le iba a ganar de mano.

Esta vez, iba a cantar victoria.

Su mano supo cuándo soltar la brocha. Tapó sus ojos y retrocedió a tientas, acrecentando la distancia entre ella y el lienzo, que ya había abandonado su estado de blancura. 

"Uno, dos, tres... ¡ya!" dijo para sus adentros, y separó el olor a acrílico impregnado en los dedos que cubrían sus párpados. Su mirada se encontró con la obra.

No hubo caso. Perdió una vez más. Por más que intentaba pintar un cuadro, el cuadro siempre la terminaba pintando a ella.

miércoles, 14 de febrero de 2018

Domingo un sábado 2.0

Ella sujeta su lapicera y escribe. Escribe porque se extraña. Escribe porque extraña a la persona que es mientras escribe. Pero lo que antes le salía como un ‘acto reflejo’ para buscar y encontrarse, hoy le resulta difícil. Está trabada. Tiene miedo a lo que pueda llegar a expresar, a no ser sincera o miedo a, tal vez, serlo demasiado.

¿Qué busca? ¿Qué encuentra? Desea ser papel, desea ser palabra. Tanto que quiere convertirse en una línea finita y negra deambulante por los renglones y dibujar el contorno de cada letra minúscula mientras su mano adolescente, de uñas desprolijas, no cede al impulso de violar la rigidez de las rectas azules, pálidas, paralelas que llegan de borde a borde de su viejo y desteñido cuaderno. Quiere que la tinta inmortalice su sensación momentánea a domingo. Aunque, es raro... es sábado. Siente domingo un sábado.

Siente domingo.

El cansancio de lo interminable, el infinito de lo finito, la no saturación de los colores, la soledad de madrugar, el deber de lo que debe, la comodidad de su pijama. La leve esperanza del desconocido porvenir fusionada con su arraigo inconsciente a lo familiar. Una gama de grises muy vivos dentro de ella. El cuerpo apagado pero la mente prendida. Eso. Siente domingo.

Ella escapa para ser encontrada. Aferrada a su viejo cuaderno, se va a su galería. Se sienta. Tiene frío a pesar de que es verano. Escucha canciones en otro idioma que hablan del mal de amores y alguna que otra, cada tanto, de un amor del bueno. Mira el cielo nublado y piensa. Reconoce una nube con forma de mate. Otra con forma de pucho. Espera que llueva. Se da cuenta de que en el cielo se descubre una pequeña porción celeste y se decepciona. No sabe por qué. Tal vez porque ya no puede mirar más el cielo nublado ni pensar ni esperar que llueva. Y escribe. Ella sujeta su lapicera y escribe.

Escribe la sensación a domingo y la tristeza de saber en el fondo que no es domingo. Y escribe en tercera persona porque busca encontrarse y entenderse, pero no puede. No puedo. Siento domingo un sábado.

sábado, 3 de junio de 2017

Animal de costumbres 2.0

Marcos,
Me da vergüenza la cantidad de minutos que contemplé esta hoja en blanco, analizando si escribir “querido” o no. Dudé... porque quererte te quiero, pero te quiero porque te quise. Como verás, opté por no ponerlo porque el fin de estas líneas no es ese, no sos vos. Tal vez podría haber empezado con un “querida vida: hoy tomé mate” o algo parecido. Pero, ¿por qué te hablo a vos, entonces? No creas que es una pregunta retórica. Realmente me lo cuestiono. Creo que en el fondo tiene que ver con exteriorizar y hacerlo real, palpable, compartido.

Hoy, miércoles 28 de octubre, fue un día distinto. Como vos bien te acordarás (espero), los miércoles era nuestro día, la “mateada semanal” a la cual asistíamos religiosamente desde el auge de esta amistad y durante el año y medio que estuvimos de novios. Momento sagrado de la semana para cortar la semana, parar el bochín, respirar un poco de aire fresco, estar cara a cara, adentrarme en una mirada (la tuya) y charlar de la vida. Cuanta simpleza en un encuentro que, a grandes rasgos, parecía siempre igual pero que sorprendía cada vez. Cambiábamos mate por tereré, bufanda por gorra, manta por pareo... hasta nosotros fuimos cambiando, pero la bombilla seguía intacta. Seguíamos absorviéndonos de a sorbitos a nosotros mismos y lo bueno del otro, disfrutando el gustito de estar vivos.

La primera vez que viniste a casa teníamos los dos uniforme, cada uno con su respectivo buzo de último año, tímidos de apuntar a algo que no sea el monotema del viaje o la fiesta de egresados que tanto se hablaba en esos días. Nos creíamos los más grandes del mundo, que las sabíamos todas. No nos duró mucho, ¿te acordás del golpazo de realidad que te diste cuando no pasaste tu primer parcial? Bastantes mates después ya eramos dos personas totalmente distintas. Físicamente no tanto... vos un poco más flaco, yo unos tres kilos arriba. De repente ya no estaba todo servido, nos vimos obligados a decirle chau a la zona de confort y empezamos a hacernos de abajo. Todo era nuevo, todo un comienzo. Todo menos vos. Vos y nuestro ritual de los miércoles donde el mate dejó de ser yerba con agua caliente y pasó a significar comodidad, lo conocido. La vida nos estaba cagando a golpazos que nos hacían crecer pero teníamos la certeza de que había algo que nos hacía bien, que estaba bien. Así como un nene cuando juega a la mancha corre hasta la pared y grita “casa”, nosotros nos refugiamos en nuestro espacio semanal cuando la rutina se nos hacía difícil. Hasta que un día los dos nos quedamos con sabor amargo. El mate estaba lavado, tapado, roto, tal vez. Seguimos forzando una bombilla, acomodando la yerba, calentando más el agua hasta que tuviste el coraje de decir que ya no estaba rico, que no querías tomar más. Y hoy te confieso que también lo creí así en ese momento... pero no me animé a admitirlo, y mucho menos a mí misma.

Por mucho tiempo después de las lágrimas que te dediqué ese día, no lloré. No fue porque no haya estado triste, si no por la mediocridad de no animarme a sentir. Tampoco tomé más mate. Pero ojo, como soy un animal de costumbres, los miércoles llenaba la pava eléctrica en piloto automático y a mitad de camino me acordaba que no ibas a venir y dejaba el litro de agua sin calentar. Eso las primeras tres semanas... después la pobre pava se comía alto boludeo porque la llenaba para simplemente dejarla ahí y comer un yogur Ser sentada en la mesada, mirándola de reojo. La próxima semana me animé a calentarla y osé prepararme unos mates, pero cuando lo iba a buscar, inconscientemente agarré una taza y me preparé un café con leche de esos que le hago a mi hermano.

Pero hoy, miércoles 28 de octubre, bajé a la hora de siempre, llené la pava eléctrica, cargué el termo de agua caliente y agarré el set de camino a mi jardín. Me senté en mi lugar preferido, el que está cerca de la Santa Rita que le regalamos a mi vieja en su cumpleaños, me cebé un mate y se me humedecieron los ojos. Una lágrima que se mantuvo siempre al margen pero presente se animó a cobrar protagonismo y me nubló la visión. Cebé y me tocó a mí devuelta. Esa lágrima redescubrió la geografía de mi cara deslizándose por mi perfil izquierdo... hasta perderse en uno de mis hoyuelos. Estaba sonriendo. Disfruté dejarme sentir y entendí que la felicidad pasa por serle fiel al sentimiento que nos domine en el momento. Liberé esa lágrima que me estaba pesando y volví a disfrutar de mi mate. Espero que vos lo estés disfrutando también.

María