domingo, 6 de enero de 2019

Vicios

-Che, ¿tenés fuego?
Maite asintió con la cabeza y sacó el encendedor del bolsillo chiquito de su mochila. Sabía perfectamente que le quedaban dos puchos en la caja y que los estaba guardando para más tarde, pero también quería una excusa para seguir cerca de este sujeto desconocido y compartir el vicio le parecía una buena entrada. Además, no estaba muy convencida de esa idea de “racionalizar” los cigarros como si estuvieran en la guerra; esa política había salido de la cabeza de Oli, su amiga, que dijo que así de a poco iban a dejar de fumar juntas -énfasis en juntas-. Mil disculpas a Oli, pensó Maite a la segunda pitada del anteúltimo mentolado que le quedaba. Sintió la necesidad de compartir ese pucho con el pibito lungo que le había dirigido la palabra. Los dos esperaban un bondi que solía hacerse esperar, así que entre pitada y pitada fueron mostrando un poco de su identidad. Entre líneas de diálogo inconclusas e inconexas, se contaron que él estaba volviendo de la Facultad de Derecho y ella yendo a lo de su primo a tomar unos mates. 
Maite tiró un comentario vacío de contenido al estilo de “ah, mirá vos” porque no quería pecar de intensa y él respondió con una mueca casi imperceptible. Fumaron callados por un rato. Él tenía miedo de que el maldito bondi juegue a ser puntual solo para arruinarles el momento, sabía que quería decir algo pero no encontraba la forma de volver a entablar conversación. Cada instante sin palabras que se agregaba hacía más difícil una retomada sutil. Venció ante sus pedidos internos de auxilio y dijo lo primero que se le ocurrió: algún comentario de la serie que estaba publicitando Netflix en esa parada. Ella le dijo que no la veía, que en realidad no veía mucha tele. “Pero Netflix no cuenta como tele”, refutó él. Maite se río y cambió de tema porque no le gustaban las discusiones banales. Siguieron hablando hasta el colectivo los interrumpió. Estaba estallado de gente así que cada uno encontró un lugar como pudo y se sostuvieron la mirada por un instante. Maite se puso los auriculares y calculó cuántas canciones faltaban hasta llegar a lo de su primo. Sonaron los primeros acordes de la tercer canción de su playlist y cerró los ojos por un rato. Alguien le tocó el hombro.
-Te jodo devuelta, ¿te puedo pedir tu número?
Maite asintió y se lo anotó. El lungo le prometió que le hablaba en la semana y ella sonrió fallando en el intento de disimular su cara de feliz cumpleaños. Sellaron el pacto con un guiño sutil pero pícaro y ella volvió a su música y él a su lugar. 

Terminó la canción y Maite abrió Whatsapp. “Oli, dejo de fumar”. Enviar. 

sábado, 5 de enero de 2019

Mentiras piadosas

“Es obvio que vas a flashear que flasheo”, dije susurrándole a la comisura de su sonrisa. Lo dije convencidísima, o por lo menos eso pareció, mientras internamente estaba queriendo absorber el momento más de lo humanamente posible. Si fuésemos una película, esa hubiese sido la escena en que el común de los espectadores piensa “por fin” y algún que otro romanticón llora un poquito de felicidad. Entre nuestras risas de siempre y una mirada distinta, me di cuenta que nunca estuve tan cómoda con otra persona. No era nada nuevo, todos sabían que entre Manu y yo siempre hubo un magnetismo incamuflable... pero esto era distinto. Callamos sin palabras todas las incógnitas que sonaban desde que comenzó nuestra amistad y, muy a mi pesar, abrimos nuevas. Nuevos interrogantes, nuevos miedos.
Miedo a que nada vuelva a ser como antes y, también, miedo a que todo vuelva a ser exactamente igual. Moría de ganas de congelar ese momento, quedarme a vivir en la parte de atrás de su auto, sacar una foto mental y que no pensemos en nuestro pasado ni mucho menos en nuestro misterioso futuro. “Vos sabés que yo no quiero nada serio”, me dijo él intentando pincharme la burbuja. Lo dijo con la misma cantidad de verdad que yo le dije que no me iba a enganchar. Dos mentirosos. Dos miedosos. Dos actores improvisando, buscando la forma de no hacernos cargo de las consecuencias de nuestras acciones.
Estiramos el final de esa noche como quien no quiere entregar un examen pensando que en algún momento esa respuesta que necesita va a caer como inspiración divina. No nos decíamos nada. Simplemente seguíamos en nuestro ahí, en ese ahora, en una canción que solo nosotros podíamos escuchar.
Eso de compartir el silencio me lo había enseñado él. Era la única persona con la que podía estar sentada horas sin la necesidad de llenar el momento con palabras. Estar con Manu calmaba mi típica ansiedad en la que mi cerebro y boca jugaban una carrera a ver cuál podía pensar o hablar más rápido. Con él, simplemente ponía pausa a ese constante tic tac y me dejaba llevar.
Estuvimos ahí hasta que las responsabilidades del día después se materializaban en alarmas, recordatorios y mensajes de Whatsapp. Era duro volver a la realidad. Sin muchas ganas, devolvimos nuestros cuerpos a sus posturas habituales, nos miramos una vez más y abrimos la puerta. Así sin más le dimos la bienvenida a ese futuro cercano que nos daba tanta intriga.
Fue un poco raro pero nos abrazamos para decirnos chau. Nos reímos porque no habían pasado dos segundos de que rompimos la armonía de nuestro encuentro y ya lo estábamos haciendo un poco incómodo. Empecé a caminar y sin darme vuelta le repetí: “Es obvio que vas a flashear que flasheo”. “Que no se dé cuenta que ya me hizo flashear”, pensé. Me subí a mi auto y miré el volante por una eternidad hasta que me animé a poner una tímida primera. Lo vi hacerse cada vez más chiquito en el espejo del lado del copiloto hasta que me alejé del todo. Ya no estaba más. Solo me quedó el recuerdo y la intriga de cómo será la próxima vez que nos veamos. Subí el volumen de la radio y dejé de pensar.

martes, 6 de noviembre de 2018

Acarreando a Irene

Tengo un carry on con las cosas de Irene. Lo llevo siempre en el baúl de mi auto y la mayoría del tiempo me olvido que está ahí. Los miércoles a la noche y algunos domingos al mediodía, Irene me deja abrirlo y jugar a ser ella por un rato. Literalmente, me presta sus zapatos para que se los camine. Uso su vestido, me peleo con su marido, ordeno las cosas de su hijo y, por un pequeño rato, chancleteo sus pantuflas. 

Me cae bien Irene pero me da pena. Me parece que no es feliz, que no está conforme. Tengo la sensación de que se acostumbró a que algo no funcione y ya no es más consciente de ese ruidito interno que te avisa que cambies algo. Pobre Irene. Naturalizó que la maltraten, se enajenó. Perdió su identidad. Yo se la busco, le presto carácter y gesticulaciones pero su modus operandi gana todas las pulseadas: sumisa vuelve a ordenar en silencio. Y cuando soy ella, soy yo quien sumisa vuelve a ordenar en silencio el desorden ajeno. 

Cuando uso sus cosas me doy cuenta cuánto más cómoda me queda mi ropa. Me gusta abrir su carry on porque significa que puedo quererla hasta cansarme, guardar todo devuelta donde corresponde y distanciarme de ella con un cierre y un candado azul que estaba en casa.

Sé que nadie me lo robaría pero igual lo cierro cuidadosamente con candado porque tengo miedo que en 10 años ese carry on en el baúl de mi auto se extienda al asiento del copiloto, a mi cuarto o a mi cocina. Tengo miedo de olvidarme de cerrar esa valijita y, sin darme cuenta, Irene se haya expandido a mi vida. Me da miedo que su presencia no se limite a miércoles y domingos a la mañana y encontrarme siendo ella un martes al mediodía frente a una pila de platos sucios o experimentar la soledad un viernes a la noche. Tengo miedo de convertirme en Irene. 

Más que miedo, lo que siento es angustia. Angustia porque creo que, muy en el fondo y genuinamente, soy ella. Y de a ratitos juego a ser yo.

viernes, 2 de noviembre de 2018

Dos perros por un hueso

“Donde pongo el ojo pongo la bala” piensan algunos confiados. Frente en alto, sonrisa matadora con un tinte de picardía y están listos para cualquier desafío.

Chamuyos, roces, secretos, redes.
Susurros explícitos y silencios tentadores.

Se repiten las historias. Cambia la persona, el boliche, las palabras; pero en el fondo la cuestión es constante. Hay alguien con un perfume especial que emana un magnetismo incontrolable. Basta con que alguien lo registre para que empiece la cacería. Tiro va, tiro viene. Entran balas de todos lados. Si la suerte está de tu lado, son solo dos perros por un hueso. En la mayoría de los casos la competencia es mayor y llega un punto que el todos contra todos se descontrola y no sabés para qué equipo jugás.
Ya me cansé de cazar. Estoy harta de ser parte de esa jauría que persigue lo mismo con un afán desesperado y vacío. Me gustaría ser lo suficientemente valiente para sacarme el chaleco anti balas y ver qué pasa si dejo que entre lo que siempre estuve evadiendo. Guardar la metralleta que siempre usé para evitarme la decepción de que si alguien no quería jugar mi juego, habían semillas plantadas en otros lados. Pero el que mucho abarca poco aprieta dicen las malas lenguas y tienen razón. Ya no quiero ser más parte de esta guerra. Me rindo. Es una búsqueda del tesoro en la que nadie busca ganar nada en serio y todos perdemos el tiempo.

Dos perros peleándose por el mismo hueso, mordisquéandolo hasta darse cuenta que no tiene gusto a nada, hasta que ese sinsabor se vuelva aburrido y a buscar otro juguetito a estrenar.

No quiero jugar más.

sábado, 13 de octubre de 2018

Enigmas y domingo

Es domingo a la noche. Empecemos por ahí. Sin duda, los domingos ejercen una especie de coerción invisible que obliga a replantearse la vida entera. En ese contexto de platos en remojo, sobras en la heladera, rímel un poco corrido de la noche anterior y una lista de responsabilidades resaltadas en amarillo que evadí desde el viernes no queda más que pensar. Y cuando quiero pensar, escribo. Pero hoy me pregunto: ¿qué tengo para decir?

Evocar lo universal desde lo particular. Creo que esa debería ser una de los metas de quienes aspiran a ser escritores. Bah, por lo menos eso es lo que busco yo como lectora: desde una situación particular bastante lejana a mi vida cotidiana encontrar rasgos, sensaciones, emociones, climas con los que me siento identificada. Creo que eso es lo mágico de volcar en papel una serie de líneas con forma. En el fondo, todos buscamos conectar de algún modo u otro. Todos tenemos algo que se nos prende cuando escuchamos, sentimos, miramos -o leemos- a alguien que está prendido.

Entonces, retomo: ¿Qué es lo que me prende? ¿Cuál es mi particularidad? ¿Qué tengo para decir? Tengo una lista de preguntas existenciales de esa índole pero una aún más enigmática: ¿es posible encontrar respuestas un domingo?


lunes, 8 de octubre de 2018

37 minutos



37 minutos de demora. Siempre hace lo mismo. Habían quedado en el café habitual a las 2 de la tarde y, a 23 minutos de que se hagan las 3, Juana seguía revolviendo el cortadito que se había pedido para matar la espera y la humillación de estar guardándole lugar a la nada misma. “Se repite la historia”, pensaba amargamente mientras tragaba su café pasado de azúcar. Y para colmo, como para subrayar que ya no era espera sino simplemente soledad, el mozo se acercó por segunda vez con su irritante cántico “¿Le traigo la cuenta señora?”, lo cual despertaba aún más rabia: la estaba tratando de usted y además, como si fuera poco, le estaba diciendo señora. Tanta indignación acumulada se concentraba en esa silla vacía y el reloj que materializaba la tardanza.


Se imaginaba a Pancho caminando por las calles de Palermo, cuasi sin apuro, y ya estaba pensando cómo arrancar el rosario de puteadas que merecía recitarle en la cara apenas aparezca en el bar. 37 minutos habían sido suficientes para cuestionarse toda su decisión de reencontrarse. Después de dos años de llamarse novios, hace tres semanas estaban en el gris insalubre que inventaron los tibios conocido como “un tiempo”. Su relación, ya endeble desde los últimos dos meses, había decantado por desencuentros y desentendidos... y hasta tal vez, por desamores. 

El desamor era lo que más temían. A Juana siempre le dieron risa los intentos académicos de definir cuestiones inabarcables con palabras como “sentimiento intenso del ser humano que, partiendo de su propia insuficiencia, necesita y busca el encuentro y unión con otro ser”. Pero en el minuto 25 de la espera, desconcertada y aburrida, se topó con esa definición de diccionario del amor. La leyó, la reflexionó y hasta la odió. Le dio miedo volver a la “propia insuficiencia” o aún peor, a la propia suficiencia; no por la incomodidad de estar sola, sino por lo contrario: miedo por la comodidad que le despierta la soledad, la certidumbre de la independencia y el refugio de no necesitar a nadie más.


Al minuto 32 ya había deshojado cuatro margaritas imaginarias. Las primeras tres, contra su pesar, concluían en un sólido “no me quiere”; y la última, ya agotando la legitimidad del repetitivo ballotage, la dejó satisfecha casi como quien dice la tercera es la vencida, pero en versión cabeza dura que necesita una más. Además de ser testaruda, le ganaba la impaciencia y sabía que y 40 iba a haber otra vuelta y que la suerte (y la razón) no estaban de su lado. Necesitaba que llegue ya.


El reloj marcó 14:37 y ya no le quedaban uñas para comerse. En vano había intentado hacerse las manos para camuflar su desprolijidad adolescente. Miró al mozo lista para lanzarle la señal que el hombre tanto esperaba: ojos muy abiertos, movimiento de cabeza y la famosa mano garabateando en el aire. Lo persiguió mentalmente lo que pareció una eternidad hasta que se rindió y se quedó con “la cuenta, por favor” en la punta de lengua. Revolvió su café vacío y ausentó su mirada hasta que creyó reconocerse en una mesa del otro lado del vidrio: una veinteañera con zapatillas Converse y pelo despeinado, mirando perdida y revolviendo un café vacío. También lo reconoció a él: lo vio mirándola desde la puerta. Vio su sonrisa sutil, esa que tienen los que están enamorados, muy sincera, esa que no es ni muy grande ni muy chiquita y giró la cabeza. Ya no era el reflejo de un vidrio lo que mediaba entre ellos. Con 37 minutos de demora, ahí estaba. La cuarta margarita y el diccionario tenían razón. El “te quiero” que venció era un sentimiento intenso de una Juana que necesitaba el encuentro y la unión con ese Pancho. Pero en algo se equivocaba: esa necesidad, lejos de ser por insuficiencia o por suficiencia, era por algo que los trascendía a ambos. Rió una vez más de los intentos de verbalizar lo intangible y, dando un salto de fe, se entregó a la incertidumbre.  “Me debés 37 minutos”, fue lo único que pudo articular ella, carcomiéndose internamente por no poder decir algo mejor. “Te prometo que te los voy a devolver”, respondió él, mientras la desacomodaba en un abrazo.


Desde ese día, los relojes no pudieron seguirles el ritmo. ¿Qué son 37 minutos al lado de una vida?

lunes, 1 de octubre de 2018

Daño colateral

Otro sábado de lluvia inundaba el humor de Buenos Aires. Dicen que el clima tiene influencia directa sobre el estado de ánimo de los artistas. Marina era el fiel reflejo de esa teoría: las tormentas, el cielo gris y la humedad pesada le drenaban la energía y, por sobre todas las cosas, la hacían pensar. Pensar no como quien quiere pensar durante un examen o para hacer una cuenta rápida en el supermercado. La lluvia la hacia reflexionar. Cada gota sembraba una incógnita nueva. Glop. Duda. Glop. Duda. Glop. La cabeza no le puede ganar al corazón. No. ¿O sí? Vértigo, ilusiones, flagelos. Te quiero pero no me conviene. Te quiero pero me das miedo. “Te quiero pero no”, cuatro palabras que suspendieron el posible futuro que tal vez los esperaba. El trasfondo de ese mensaje era una especie de no sos vos soy yo versión no sos vos es la lluvia. Si hoy hubiesen ido al río como estaba planeado, hubiesen sentido. Marina hubiese vivido, sin la necesidad de rotular. Hubiese volado, reído. Tal vez, hasta se hubiese enamorado. El sol hace esas magias; pero el gris del cielo matizó todo con su inmensidad. Solamente quedó lugar para una colección de hubieses: el daño colateral de la lluvia.

sábado, 15 de septiembre de 2018

A los futuros festejantes

Estimado señorito que acaparó mi atención momentáneamente:
Hoy le dedico estas líneas a usted, ________________ (completar con nombre y apellido que correspondan al pretendiente de turno), para aclararle algunas cuestiones y, así, evitar confusiones de ambas partes en el futuro cercano.

Para comenzar, cabe establecer que si usted no está interesado debe de manifestarlo de inmediato; le ahorrará a quien escribe el trabajo de tener que construir este texto (e ilusiones) sobre una base inexistente. A su vez, por más de que haya un acuerdo tácito de sinceridad explícitamente de mi lado, puede que le falle en alguna que otra ocasión ya que muchas veces no soy sincera ni conmigo misma; por lo que toda cláusula escrita puede someterse a fluctuaciones y variables dictaminadas por mi rebelde voz interior. Espero sepa disculparme.

Futuro festejante: sea claro con sus intenciones (pero no tanto, no vaya a ser que ahogue la sana y lúdica incertidumbre pasajera); no mida sus palabras ni limite sus sentimientos; sepa callarme cuando lo sienta necesario y escucharme cuando me cueste alzar la voz. Sea consciente de que detrás de esta persona que intenta hacerse la fuerte, hay una gelatina de sensaciones con mucho pero mucho miedo al amor. Detrás de la fachada bastante armada y picarona, hay alguien que necesita ciertas seguridades aunque no lo parezca. Solidarícese con la causa y no fogonee tales debilidades. Por otro lado, le ruego que no me rompa el corazón. Y si lo hace, tenga a bien ayudarme a recuperar las partes heridas para luego poder ocuparme por mi cuenta en su reparación y así dejarlo en un estado "pseudo como nuevo" para el próximo candidato de turno que vaya a ocupar su lugar.

Le confieso que, aunque jamás vaya a decírselo públicamente, desde que tengo memoria sueño con ser princesa. No crea que dicha aspiración esté impulsada por deseos de autoridad política ni exposición, no. Sueño ser princesa porque eso implica que un príncipe se enamore de mí. "Que no punda el cánico", diría esa misma niña que a los cuatro años chancleteaba los zapatos altos de su mamá: no hace falta que usted sea azul ni de ningún color particular; tampoco se le pide que tenga un baggage familiar que aparezca en libros de historia; ni que posea título alguno de nobleza. Simplemente basta con que tenga interés en que construyamos un reino juntos. (Nota: el concepto de reino queda sujeto a definirse entre ambas partes en el futuro).

Si usted no cree ser correspondido de estas líneas, tenga a bien demostrármelo de alguna manera. Se le agradece encarecidamente por su efímera participación de relleno y la sana distracción que me convidó; pero le ruego sepa correrse de dicho rol. El espacio debe cederse a alguien que lo quiera enserio. En algún lugar -cerca o lejos- hay un muchacho que, sin saberlo ni manifestarlo, está esperando que esta princesa lo haga sentir como ese príncipe y no querrá usted privarlo (ni privarme) de dicha oportunidad.

Atentamente,
La comisión burocrática de mi corazón.



miércoles, 12 de septiembre de 2018

En tres termos llego

Me cebé otro mate y miré por la ventana. "Dale tiempo", me habían dicho. Me seguían resonando esas dos palabras que por algún referéndum ilegítimo supuestamente debían guiar mi accionar. Tiempo. ¿Qué clase de vago consejo es ese? ¿Cuánto tiempo es suficiente? 
Cebé otro mate, lavado y ya tibio, y coreográficamente, mirando por la misma ventana una vez más, retomé mis pensamientos. ¿Cuál es la medida del tiempo? ¿Cuánto se supone que debo esperar? ¿Un termo? ¿Dos termos? ¿Día y medio? ¿Un mes? ¿La vida?
Nunca fui de esas personas que se entregan cien por ciento al azar del destino. Tampoco digo que soy de las que se cartean, no. Pero sí, me gusta mezclar el mazo, acomodar en orden las cartas en mano y, a veces, pispear un poquito de reojo o a través del reflejo de anteojos ajenos para ver si la otra persona tiene justo ese cinco de espadas que estoy necesitando. 
"Dale tiempo" me dijeron... como si yo fuese la encargada de repartir semejante abstracto. Como si, de alguna forma, dándote tiempo a vos lograría que a mí se me frenara ese constante tictaqueo de saber que podríamos ser pero no. Como si fuese la vacuna para mi ansiedad; una ansiedad crónica que me pide a gritos saber si coincidimos en tiempo, espacio y, principalmente, sentimiento. Porque el cronotopos es manejable, manipulable... hasta te diría que ahí sí me carteo un poco. Pero se me hace imposible leerte, entenderte, anticiparte. ¿Cómo se supone que tengo que esperar si no sé qué estoy esperando?
Prefiero perder antes de empezar que que ni siquiera sepás que te estaba esperando con mates para jugar.


sábado, 8 de septiembre de 2018

Un nosequé

El otro día me miraste un poquito más de lo normal. Un poquito distinto. En tus ojos había un nosequé, una chispita de picardía que bastó para desencajarme toda la estantería. Y un poco que te odio por eso. Sabés que me gusta tener el control, que me gusta que el mundo baile mi canción y no al revés. Sabés que me das miedo, me da miedo lo que me podés llegar a hacer sentir. Y sabiendo eso, me mirás distinto igual. Creo que hasta te divierte ver cómo pinto mi persona con tintes de locura tratando de descifrar tus silencios tan intensos. Esa mirada, junto a tantas otras, iría en mi cajón de sentimientos que no puedo controlar. Debería... pero ya no cabe mucho más. Lo llenaste. Así que te voy a pedir que te responsabilices de la montaña rusa que me generás y me acompañes a comprar cajones más grandes, o una biblioteca con estantes abiertos, o un cuarto vacío. Necesito un nuevo lugar para depositar todos los futuros recuerdos que sé que me van a exceder. En mi simple y limitada figura humana no entra tanta confusión, tanto vértigo, tanta adrenalina. No entrás vos.

Y si no, me podés prestar un poco de tu cuerpo para que esa mirada, que hasta ahora es solo tuya, sea nuestra. Para que seamos un nosotros. Para que no hayan bordes que se desborden ni límites que nos limiten; que seamos un juego sin reglas ni puntaje; que improvisemos al compás del ritmo que nos depare la vida. 

Para que esa mirada un poquito distinta se convierta en nuestra mirada un poquito normal.

lunes, 3 de septiembre de 2018

Silencio

Nunca me gustó dar las cosas por sentado. Desde chiquita que reafirmo lo obvio, transformando certezas universales en conclusiones propias. Las yemas de mis dedos tienen innumerables llagas por cada vez que toqué un plato humeante. Tengo un paragüas verde agua en el baúl de mi auto en caso de lluvia. Me rasco las picaduras que ya me rasqué. Aprieto el botón que cierra las puertas del ascensor a pesar de que se cierren solas. Los “te quiero” se me escapan inconscientemente cuando alguien se gana mi querer. Con esta vara mido al mundo y Santiago parecía ser como yo.
Lo conocí el último abril, en la estación de tren. Vi apoyar su Sube no una ni dos, sino tres veces con desconfianza de que a la primera no le haya cobrado. Esa torpeza sútil y su ansiedad hicieron que lo persiga con la mirada y luego con la totalidad de mi cuerpo hasta entrar al mismo vagón que él. El destino o alguna diosa de la casualidad nos había reservado un par de lugares enfrentados y eso me regaló la posibilidad de observarlo durante un rato. Contemplé cómo se sumergía en el universo de un libro cuyo título no llegué a divisar y cómo, cuando iba a cerrarlo, marcó la página actual con un señalador de papel y luego con las solapas de la tapa y contratapa. Me reí en voz no tan bajita porque el libro que yo paseaba estaba manipulado igual. Junté coraje y acompañada de un cuota de descarez me animé a hablarle. No tengo muy en claro qué palabras habré articulado ni sobre qué eran; solo sé que me sentí muy cómoda y que desde ese día nos hicimos grandes amigos. De personas que comparten el tren de las 17:40 hacia la estación de Victoria, pasamos a ser compañeros de caminata hasta mi casa, después a vecinos que se juntan a comer mínimo dos veces por semana... hasta volvernos seres indispensables en la vida del otro.
Una noche cedí mi cansancio a la oscuridad y soñé con él. Entre sábanas vi todo más iluminado que nunca. Desde entonces lo supe. Eso que suponía tomó forma y certeza y se apoderó de cada célula de mi cuerpo. Solo me faltaba decirlo en voz alta, no podía no hacerlo. Pronunciarlo lo haría real y por más miedo que me frenara, más promesas aguardaba. Perseguida por ese pensamiento, mi propio caudal de “qué pasaría sí”s me aturdía. Recordé ese frío día de abril en que lo descubrí y me agradecí a mi misma y a la vida por haberme animado a dar el primer paso. Ahora me tocaba dar el segundo.
Respiré profundo, confié en el azar que nos cruzó en esa estación de tren y simplemente esperando a ser correspondida, me animé a ponerle palabras a lo que me pasaba. Hice explícito lo que estaba implícito en mi interior desde el sueño que lo cambió todo, que me cambió toda. Sin mucho preámbulo, esa tarde en casa articulé la oración que no cesaba de sonar en mis entrañas:
“Santi, estoy confundida”.

Sus ojos me lo dijeron todo. Me miró fijo, se posó en lo más profundo de mi interior y me devolvió todos los “te quiero” que le pertenecían, que le había regalado alguna vez. Ya no eran más suyos, ya no era más suya. Todo ocurrió en el transcurso de 3 segundos dilatados en una eternidad que mientras más se prolongaba más me perforaba. Ese tiempo fue suficiente. Marcó el fin de dicho contacto cerrando los ojos con pesar, moviendo de forma suave la cabeza de izquierda a derecha. Continuó esa coreografía en cámara lenta hasta un instante en el que se inmovilizó y volvió a encontrarse con mi mirada por última vez. Acto seguido, se levantó de donde estaba sentado, sintió con su mano mi hombro, y siguió caminando a la puerta. No me di vuelta porque no quería verlo partir... pero fue inútil porque el ruido de la puerta me partió. No hicieron falta palabras para desarmarme. Su silencio me dijo todo.

martes, 21 de agosto de 2018

Poesía acelerada

A veces creo que la vida nunca se queda sin tinta. La cotidiana está cargada de 
infinitas historias, insignificantes, superficiales, pero historias al fin. 
El amarillismo y los relatos que aumentan exponencialmente son los 
protagonistas de una diaria sin sentidos, llena de ruidos, de voces 
anónimas que hablan mucho sin nada que decir.
Por fuera, una novela, una serie de canal de aire, un programa de emisión 
diaria. Un caudal insaciable de energía, una fuente de constante acción 
e ir y venir.
Pero por dentro, simplemente, un color. Un cuento de Chejov, un paisaje, 
un silencio estancado.  

Hablo de un perfecto oxímoron que, por definición, es imperfecto. Hablo de mí: una poesía 
acelerada.

lunes, 20 de agosto de 2018

Efímero e inmortal

Sos tan efímero que duele. Fuiste y serás uno de los tantos viajeros transeúntes de mi película, otro pasajero que se desvanece antes de darse la oportunidad de ser real.

Este ocaso de domingo me encuentra escribiéndote porque, con tanto apuro, te dejaste algo. No sé si lo hiciste a propósito, si algún día planeabas volverlo a buscar o si lo reconocerás... pero te olvidaste algo que no me corresponde y no quiero hacerme cargo.

Me dejaste un recuerdo. 
Me gustaría devolvértelo.

Espero que lo vengas a buscar. Tu paso puede haber sido fugaz, pero acordate que la mente puede convertir lo efímero en inmortal.

sábado, 30 de junio de 2018

Chispas

Mi papá me dijo una vez que todo lo que escribía era muy autorreferencial.

Por mucho tiempo traté de cambiarlo, extraerme de mí por un rato, mirar con ojos ajenos situaciones ajenas. Usar zapatos que no me quedaban cómodos. Imaginar instantes cargados de emociones que jamás sentí. Traté... pero la "chispita de vida vivida" no dio el presente.
Entonces, para apropiarme de esas experiencias en terrenos desconocidos, busqué percibir las chispitas ya impresas en los libros de mi biblioteca. Leí a los grandes como Castillo, Borges y Cortázar. También leí a los "chicos", a esos cuyos apellidos pueden ser López, Pérez o Martinez y daría lo mismo.
Pero no dio lo mismo. Por lo menos a mí, no me dio lo mismo. Porque ese Pérez podría haber contado lo mismo que Martínez, o lo mismo que Borges; pero su pluma lo hizo único. Los textos de López gritan "López" en cada renglón. Sin querer queriendo, cada uno me dejó entrever un poco de lo que fue, de lo que es o de lo que quiere ser. Cada texto me mostró la cosmovisión de personas que no conocía, pero que ahora sí conozco un poco.

Y bueno, viejo, sí... todo lo que escribía era muy autorreferencial. Te cuento que todo lo que escribo hoy, también lo es.

lunes, 25 de junio de 2018

Mi colección de anillos rotos

Tengo ganas de enamorarme para así tener algo sobre lo que escribir. Jugar a hacerme la enamorada, encontrar metáforas en tus ojos, verte en canciones, pensarte en el futuro. Amarte al punto que la prosa me sea insuficiente; tan insuficiente que me obligue a recurrir a la poesía, para poder verbalizar de algún modo lo viva que me hacés sentir. Llorar a mares nuestras peleas y redactar cartas en mi cuaderno desgastado como manifiesto de mi amor inalterable. Porque soy así, lo sabés. Puro sentimiento. Pura expresión.

Sueño con una historia que nos tenga de protagonistas... en realidad, sueño con que algún día seas el personaje principal de mi vida, así sin audiciones, y me dejes ser protagonista de la tuya. Y así como te hablo a vos, en realidad podría estar hablándole a cualquier otro. Porque vos no existís todavía, solamente late un espacio vacío con ansias de ser llenado. Por el momento sos un concepto desdibujado; y por eso es que no puedo escribir sobre vos, no puedo escribirte. No puedo limitar tus ilimitadas posibilidades de ser.

Tengo ganas de enamorarme para que existas. Anhelo que seas real para ser sincera cuando escriba que me encanta tu cara de dormido a la mañana, cómo no entendés nada apenas te despertás de una siesta y que me puede la cara que ponés mientras te hablo.

Me gustaría escribir un libro con un título tan imponente como El amor en tiempos del cólera, aunque siempre me termine pareciendo más a La insoportable levedad del ser. Por mucho que lo intente, por más de que me quiera parecer a bloggeras enamoradas, a García Marquez o, en su defecto, a Milan Kundera... nunca puedo escaparme de lo que soy. Y por el momento, soy una colección de anillos rotos. No me queda otra que escribir sobre eso, mientras espero que vengas y me los arregles.

lunes, 12 de marzo de 2018

Döppelganger

Tomaba su pincel y, a las apuradas, daba trazos de izquierda a derecha, de arriba hacia abajo. Cambiaba los colores con una velocidad que hacía el movimiento casi imperceptible al humano. Por momentos se asemejaba a una máquina o anhelaba tomarle prestado el Génesis a algún Dios. Algo la apremiaba y, esta vez, le iba a ganar de mano.

Esta vez, iba a cantar victoria.

Su mano supo cuándo soltar la brocha. Tapó sus ojos y retrocedió a tientas, acrecentando la distancia entre ella y el lienzo, que ya había abandonado su estado de blancura. 

"Uno, dos, tres... ¡ya!" dijo para sus adentros, y separó el olor a acrílico impregnado en los dedos que cubrían sus párpados. Su mirada se encontró con la obra.

No hubo caso. Perdió una vez más. Por más que intentaba pintar un cuadro, el cuadro siempre la terminaba pintando a ella.

miércoles, 14 de febrero de 2018

Domingo un sábado 2.0

Ella sujeta su lapicera y escribe. Escribe porque se extraña. Escribe porque extraña a la persona que es mientras escribe. Pero lo que antes le salía como un ‘acto reflejo’ para buscar y encontrarse, hoy le resulta difícil. Está trabada. Tiene miedo a lo que pueda llegar a expresar, a no ser sincera o miedo a, tal vez, serlo demasiado.

¿Qué busca? ¿Qué encuentra? Desea ser papel, desea ser palabra. Tanto que quiere convertirse en una línea finita y negra deambulante por los renglones y dibujar el contorno de cada letra minúscula mientras su mano adolescente, de uñas desprolijas, no cede al impulso de violar la rigidez de las rectas azules, pálidas, paralelas que llegan de borde a borde de su viejo y desteñido cuaderno. Quiere que la tinta inmortalice su sensación momentánea a domingo. Aunque, es raro... es sábado. Siente domingo un sábado.

Siente domingo.

El cansancio de lo interminable, el infinito de lo finito, la no saturación de los colores, la soledad de madrugar, el deber de lo que debe, la comodidad de su pijama. La leve esperanza del desconocido porvenir fusionada con su arraigo inconsciente a lo familiar. Una gama de grises muy vivos dentro de ella. El cuerpo apagado pero la mente prendida. Eso. Siente domingo.

Ella escapa para ser encontrada. Aferrada a su viejo cuaderno, se va a su galería. Se sienta. Tiene frío a pesar de que es verano. Escucha canciones en otro idioma que hablan del mal de amores y alguna que otra, cada tanto, de un amor del bueno. Mira el cielo nublado y piensa. Reconoce una nube con forma de mate. Otra con forma de pucho. Espera que llueva. Se da cuenta de que en el cielo se descubre una pequeña porción celeste y se decepciona. No sabe por qué. Tal vez porque ya no puede mirar más el cielo nublado ni pensar ni esperar que llueva. Y escribe. Ella sujeta su lapicera y escribe.

Escribe la sensación a domingo y la tristeza de saber en el fondo que no es domingo. Y escribe en tercera persona porque busca encontrarse y entenderse, pero no puede. No puedo. Siento domingo un sábado.

sábado, 3 de junio de 2017

Animal de costumbres 2.0

Marcos,
Me da vergüenza la cantidad de minutos que contemplé esta hoja en blanco, analizando si escribir “querido” o no. Dudé... porque quererte te quiero, pero te quiero porque te quise. Como verás, opté por no ponerlo porque el fin de estas líneas no es ese, no sos vos. Tal vez podría haber empezado con un “querida vida: hoy tomé mate” o algo parecido. Pero, ¿por qué te hablo a vos, entonces? No creas que es una pregunta retórica. Realmente me lo cuestiono. Creo que en el fondo tiene que ver con exteriorizar y hacerlo real, palpable, compartido.

Hoy, miércoles 28 de octubre, fue un día distinto. Como vos bien te acordarás (espero), los miércoles era nuestro día, la “mateada semanal” a la cual asistíamos religiosamente desde el auge de esta amistad y durante el año y medio que estuvimos de novios. Momento sagrado de la semana para cortar la semana, parar el bochín, respirar un poco de aire fresco, estar cara a cara, adentrarme en una mirada (la tuya) y charlar de la vida. Cuanta simpleza en un encuentro que, a grandes rasgos, parecía siempre igual pero que sorprendía cada vez. Cambiábamos mate por tereré, bufanda por gorra, manta por pareo... hasta nosotros fuimos cambiando, pero la bombilla seguía intacta. Seguíamos absorviéndonos de a sorbitos a nosotros mismos y lo bueno del otro, disfrutando el gustito de estar vivos.

La primera vez que viniste a casa teníamos los dos uniforme, cada uno con su respectivo buzo de último año, tímidos de apuntar a algo que no sea el monotema del viaje o la fiesta de egresados que tanto se hablaba en esos días. Nos creíamos los más grandes del mundo, que las sabíamos todas. No nos duró mucho, ¿te acordás del golpazo de realidad que te diste cuando no pasaste tu primer parcial? Bastantes mates después ya eramos dos personas totalmente distintas. Físicamente no tanto... vos un poco más flaco, yo unos tres kilos arriba. De repente ya no estaba todo servido, nos vimos obligados a decirle chau a la zona de confort y empezamos a hacernos de abajo. Todo era nuevo, todo un comienzo. Todo menos vos. Vos y nuestro ritual de los miércoles donde el mate dejó de ser yerba con agua caliente y pasó a significar comodidad, lo conocido. La vida nos estaba cagando a golpazos que nos hacían crecer pero teníamos la certeza de que había algo que nos hacía bien, que estaba bien. Así como un nene cuando juega a la mancha corre hasta la pared y grita “casa”, nosotros nos refugiamos en nuestro espacio semanal cuando la rutina se nos hacía difícil. Hasta que un día los dos nos quedamos con sabor amargo. El mate estaba lavado, tapado, roto, tal vez. Seguimos forzando una bombilla, acomodando la yerba, calentando más el agua hasta que tuviste el coraje de decir que ya no estaba rico, que no querías tomar más. Y hoy te confieso que también lo creí así en ese momento... pero no me animé a admitirlo, y mucho menos a mí misma.

Por mucho tiempo después de las lágrimas que te dediqué ese día, no lloré. No fue porque no haya estado triste, si no por la mediocridad de no animarme a sentir. Tampoco tomé más mate. Pero ojo, como soy un animal de costumbres, los miércoles llenaba la pava eléctrica en piloto automático y a mitad de camino me acordaba que no ibas a venir y dejaba el litro de agua sin calentar. Eso las primeras tres semanas... después la pobre pava se comía alto boludeo porque la llenaba para simplemente dejarla ahí y comer un yogur Ser sentada en la mesada, mirándola de reojo. La próxima semana me animé a calentarla y osé prepararme unos mates, pero cuando lo iba a buscar, inconscientemente agarré una taza y me preparé un café con leche de esos que le hago a mi hermano.

Pero hoy, miércoles 28 de octubre, bajé a la hora de siempre, llené la pava eléctrica, cargué el termo de agua caliente y agarré el set de camino a mi jardín. Me senté en mi lugar preferido, el que está cerca de la Santa Rita que le regalamos a mi vieja en su cumpleaños, me cebé un mate y se me humedecieron los ojos. Una lágrima que se mantuvo siempre al margen pero presente se animó a cobrar protagonismo y me nubló la visión. Cebé y me tocó a mí devuelta. Esa lágrima redescubrió la geografía de mi cara deslizándose por mi perfil izquierdo... hasta perderse en uno de mis hoyuelos. Estaba sonriendo. Disfruté dejarme sentir y entendí que la felicidad pasa por serle fiel al sentimiento que nos domine en el momento. Liberé esa lágrima que me estaba pesando y volví a disfrutar de mi mate. Espero que vos lo estés disfrutando también.

María

jueves, 30 de marzo de 2017

Soñar en blanco y negro


Hola Pancho
No te conozco y vos tampoco a mí.
Te freno de antemano, no estoy loca. Estoy tan lúcida que sí, a veces, puedo parecerlo. Y esta lucidez tan loca me trae a este instante, a estas líneas.

Arranco por el principio así me entendés.
Te cuento, hago yoga con tu vieja. ¡Qué personaje Sandra! El día que fui a probar, estaba a mi derecha y me sacó charla al toque nombrando a sus hijos al pasar: Juana, de 24, y Pancho, 21. En ese momento no te registré y ella me pareció una señora divina, macanuda. Ese primer día hablamos de que estaba imposible estacionar; al próximo martes, de la indignación que le brotó cuando Trump ganó las elecciones; a la semana siguiente de que estábamos en temporada de frutillas. No sé cómo, un día me surgió comentarle que hago apoyo escolar los lunes, ahí, en el Lucero. A tu vieja se le subieron cinco revoluciones pensando que, tal vez, vos y yo nos conocíamos, porque desde hace seis meses vos estabas ayudando en el mismo lugar, pero no estaba segura de que días. ¡Pobre! ¡La decepción que se pegó cuando le dije que no te ubicaba! Hizo puchero como si fuese una chiquita en jardín de infantes y reanudamos nuestra conversación. Era octubre, me acuerdo porque empezaba a hacer calor, y le conté que estaba terminando de hacer mis trámites del curso de ingreso a la facultad. Me dijo que me re veía en Ciencias de la Educación y yo le confesé que, aunque me encantaba la carrera que había elegido, siempre me iba a quedar en el tintero estudiar Antropología. ¡Para qué...! Resulta ser que vos estudiás Antropología y, cito a tu madre: “estás como perro con dos colas”. El calendario marcó el fin del verano, de las vacaciones y retomamos la rutina.
Martes, nueve y cuarto, yoga. Aunque la clase arranque y media, nosotras vamos quince minutos antes para ponernos al día. Así fue como tu vieja, entre comentario y comentario, siguió dándote a conocer. Sé que sos de River pero no te gusta mucho el fútbol. Escuchás a Jorge Drexler con auriculares porque te da un poquito de vergüenza y, una vez, te pescó escuchando una de Shakira en su época con Antonito de la Rúa. Te gusta tanto “Los justos” de Borges que tenés el último verso escrito en tu pared (yo tengo un pedacito de una de Mairal). Tenés debilidad por Angelito, uno de los chicos de apoyo escolar, mi preferido... tu vieja lo reconoció en el fondo de mi teléfono porque vos tenés una foto muy parecida. Te da un poco de miedo Alicia en el País de las Maravillas (no te preocupes, a mí un montón). Te emocionás cuando ves una pareja de abuelos caminando de la mano. Te comés las uñas, te da erizo el volumen en número impar y, a veces, te chocás con las paredes. Hacés café rico y no comés pasta.
Y así como sé esto de vos, te doy a conocer algo mío: me gusta mucho la vida.
Y cuando uno gusta de la vida, el universo se organiza para que todo tenga sentido o eso parezca. Cuando uno gusta de la vida se ve impulsado a hacer estas “locuras”, a vivirla.

Hoy mi vieja arrancó Fotografía y me contó que en el curso hay un chico de mi edad que se llama Pancho. No mucho más. Bastó con que le hayas confesado que a veces soñás en blanco y negro. Nunca le conté a nadie que yo también aunque... eso vos ya lo sabías, ¿no?

María

miércoles, 15 de marzo de 2017

Por lo menos

Cuando mis viejos se separaron me encontré con la necesidad de escribir, ponerle palabras a mi sensación de vacío y descargar todo ese dolor. Encontraba felicidad en agarrar mi lapicera, abrir mi cuaderno y llorar en tinta; irónico, ¿no? Sin darme cuenta en esa época gesté lo que es hoy mi concepto de "felicidad": dejarse sentir, manifestar el sentimiento. Un abrazo cuando estás angustiada, una risa cuando estás de buen humor, una reflexión cuando ansiás profundizar.
Llené hojas y hojas con mis palabras adolescentes de una nena sufriendo al creer que su familia estaba rota en un escenario caótico en el cual se esperaba que actúe como adulta. Escribir me salvó creo. No se si adjudicarle todo el valor que tiene la palabra "salvar", pero que me hizo bien, me hizo bien. Me enamoré de poder trasladar a letras una al lado de la otra un pedazo de mi corazón. Dejé parte de mi alma en cada renglón que escribí. Descubrí lo que soy, me entregué al papel y me enamoré de este universo.
Pero acá es donde la vida se vuelve jodida. Porque gracias a este cable a tierra que me hizo volar sumado al paso del tiempo, empecé a gustar de la vida. Salí de mi tristeza crónica, supere la separación de los viejos, acepté y quise mi contexto. Encontré paz en un horizonte que en la primer hoja de mi cuadero ABC azul parecía no pronosticarse. ¿Y la parte que me jode de todo esto? Que dejé de tener la "necesidad" de escribir. Sí, sé que me gusta... pero no lo hago tanto. Ya no tengo que "descargar", me autoconvenzo inútilmente, reduciendo el verbo a eso. Hay una mediocridad latente de mi parte en no animarme a ahondar en lo que hoy está dentro mío.
Claro, era mucho más fácil antes. Estoy triste por "x" motivo, y tengo derecho para estarlo. Hoy, en cambio, me considero una persona feliz... ¿qué tanto puede escribir alguien feliz? ¿No era mi mayor aspiración? ¿Con qué tupé oso ponerla en duda? ¿En qué momento me convencí de que los felices no tienen "derecho" a exteriorizar lo interior? Pero si el arte es la manifestación del sentimiento, y la felicidad es puro sentimiento... entonces claramente hay algo que está fallando en mí. ¿Por qué me niego el sentimiento? ¿Qué tengo miedo de escribir?
¿Tendré miedo de empezar a descargar tanto hasta el punto de quedarme vacía? O peor, ¿miedo a darme cuenta que ya lo estoy?
A esa última pregunta la combato escribiendo estas líneas. No estoy vacía, ni hay palabras que puedan vaciarme. Me sigue faltando el trabajo de encontrarme. Pero por lo menos estoy escribiendo. 

domingo, 12 de marzo de 2017

Animal de costumbres

    Como todos los miércoles, a la hora habitual, puso agua para el mate. Colocó la yerba como él le había enseñado. Eligió la bombilla celeste porque disfrutaba que combine con los ojos de su compañero, su mejor amigo, el posible amor de su vida y se sentó donde siempre. Era su momento preferido de la semana. Una postal de felicidad. Solo necesitaba un muelle, un lago, el mate... y él. Cerró los ojos y respiró profundo. Se imaginó esa misma escena a lo largo de los años. Cambiaban los temas de conversación, pasaban las estaciones, envejecían físicamente, pero en espíritu seguían igual. Ella conocía su constante: estaba indudablemente enamorada.
     Abrió los ojos y se cebó un mate. Al terminarlo, una lágrima mojó su costado derecho. Sabía que también le tocaba el próximo.

Bello el desencuentro

    Me gusta cuando las películas no tienen final feliz. Cuando los libros te dejan con impotencia. cuando el arte hace bellos los desencuentros. Alabada sea la realidad, las mismísima vida.
    ¿Cuántas veces habré escuchado la frase "quiero una historia de amor de película" acompañada por un suspiro cargado de cansancio y esperanza?
    Pero no quiero esa clase de ficción.
    Quiero amor. Amor de ese que solo suele verse en la vida. Amor con desencuentros. Amor con finales no tan felices. Amor que duele. Que duele pero que existe.
    Y por eso me gustan esas películas, esos libros y ese arte. Porque puedo suspirar y anhelar algo no ficticio.
     31.1.17

viernes, 10 de febrero de 2017

Lo ajeno


Sumergida entre renglones y universos, un beso y una declaración la empapan de pies a cabeza. De piel a alma. Los carceleros del paraíso festejan. Sumaron otra victoria. A la nueva víctima de sus palabras le nacen de los costados alas y se proyecta y así es como pone su bandera en horizontes lejanos del cielo, azules y naranjas, jamás explorados. Ella vuela, realmente, vuela, vuela alto, altísimo, y se encuentra más feliz que nunca. Dejó de buscar. Entendió, por fin, en ese instante lo que es el amor. El amor fuerte que abarca por completo y se hace tangible en su interior. Un amor que  palpa y huele y ve. Y su corazón despierta y vive. Experimenta con intensidad cada clase de sensación y, por vez primera, comprende asombrada que no existe el sentimiento bueno ni el malo. Se suelta y destruye cada una de las barreras que minuciosamente construyó para no sentir el dolor, para ignorar y aislar la soledad y, a todo, deja atrás. Y supera su peor miedo: un pequeño corazón con su nombre expuesto a la intemperie. Vulnerable, sin paraguas y con pronóstico de tormentas entre las nubes y la paranoia, un rayito lo señala y la elige: siente el sol, la risa, un poco de llovizna y más sol. ¡Qué lindo es sentir! Y sigue volando y sintiendo.
Vuela sintiendo hasta que se rompe o el libro termina, sumergida entre los renglones y universos. Se ahogó de renglones y universos ajenos.

Ventanilla baja

En búsqueda de lo más alto del cielo
y de lo más profundo de la tierra, el reloj hizo presencia.
Charcos de luz sobre el pavimento se deslizaban
inseguros sobre cuál sería su lugar.


El gris del asfalto jugaba a las escondidas con movedizas chapas de colores,
el mismo tráfico de siempre, las mismas personas ignorantes las unas de las otras.
Engranajes armónicos de una gran máquina que se reinicia en cada oscuridad.
El tictaqueo de la rutina dictando las normas como de costumbre.


La inminente luz que atraviesa los parabrisas da señal a la coreografīa automática:
Mano derecha, sube el volúmen de la canción de turno; izquierda, despliega el visor.
Los inclementes rayos de sol son vencidos por el rectángulo solucionador inmediato.
Belgrano, víctima de otro amanecer.


Él, con sus seis décadas y monedas, bajó su ventanilla para fumar su cigarrillo.
Ella prendió el suyo buscando convencerse a sí misma de que ya no era más una niña.
La oferta insalubre del semáforo de las 6:41 de Vidal y Blanco Encalada,
ritual religioso de los quehaceres diarios.


Ensimismados en su propio tabaco, jamás reconocieron la presencia del otro;
desconocen que están por siempre en la misma ruta.

viernes, 1 de julio de 2016

Historias

Historias que nunca llegaron a ser historias. Historias de amores no correspondidos. Historias de corazones rotos. Historias de silencio. Historias que ceden. Historias de personajes secundarios. Historias sin final ni principio. Historias de todo lo que no fue. Historias que quiero escribir, pero no puedo... porque no son, no llegan a ser.

¿Cómo poner en palabras lo que nunca se dijo, las lágrimas que no se lloraron, los corazones que no se encontraron, los ojos que no se miraron, los labios que no se tocaron?
¿Cómo puedo hablar del amor si siempre lo vi desde una vidriera, si nadie quiere ser el protagonista de mi película, si no me animo a que me lastimen, si cedo todo el tiempo?

Vuelvo siempre a la misma hoja en blanco. Esa hoja en blanco que me mira, me llama, me pide que escriba la historia que estoy esperando. La historia que algún día, espero, va a ser mi historia.

martes, 28 de junio de 2016

Nos olvidamos

Nos olvidamos de lo que nos hace bien.  ¿Por qué?  ¿Por qué boicoteamos nuestra propia felicidad? ¿Por qué somos tan conformistas? ¿Por qué bloqueamos nuestros sentidos  entre tanto estímulo? ¿Por qué nos quedamos sordos frente a tanto ruido? ¿Por qué no revolucionamos, no nos revolucionamos, con tal de hacer lo que nos hace bien? ¿Por qué nos olvidamos? ... ¿O por qué elegimos olvidar?
Caemos en la rutina, en lo fácil.
Nos escapamos.
Preferimos tener un "sueño" lejano que un esfuerzo constante con la posibilidad del fracaso.
Cagones. Somos todos cagones. Nadie se la juega. Nadie se la banca. Ni yo.

Hace más de un año que no escribo... ¿por qué? ¿Me olvido o elijo olvidar? Ya no sé. Lo único que se es que hace más de un año que no escribo. ¿Por qué hace más de un año que no escribo? ¿Qué hice en ese año? ¿Qué cosa fue más importante que hacer lo que me gusta?
Y lo que me desvela es el hecho de que no me desvele. No me hace ruido. No me cambia.
Me acostumbré a la mediocridad de una vida que no es mía.
Me creí el personaje que creó mi circunstancia.
Me olvidé de lo que me hace bien.
¿Por qué?

sábado, 9 de mayo de 2015

Cambio

          ¿Por qué le tenemos tanto miedo al cambio? ¿Es acaso que el simple hecho de que las cosas vayan a cambiar de curso nos asusta hasta el punto de no abrirnos a nuevas oportunidades? ¿Será que nos costó acostumbrarnos a todo como es ahora, a llegar a un acuerdo con nosotros mismos, a asumir la realidad para que luego venga un factor externo a barrerlo y empezar todo de nuevo? Pienso y pienso… Todos deben pensar y pensar quién es este factor y cuál es su objetivo en venir a desorientarnos. ¿Por qué cambian las cosas? ¿No les gustaría pausar un momento y que eso sea el pasado, el presente y el futuro? Una simple mirada, una simple acción, un simple gesto que se convierta en nuestro todo, en nuestro todo eterno, un todo en el que nos sintamos cómodos, un todo que represente nuestro hogar, un todo hecho especialmente para cada uno de nosotros. Pero, lamentablemente, el cambio existe, y yo me vuelvo a preguntar… ¿Por qué le tenemos miedo al cambio?
              La vida es una secuencia de cambios. Todo se va transformando constantemente. Llego a la conclusión de que el gran objetivo, la gran meta, el gran desafío, es poder adaptarse a cada una de esas variaciones que nunca paran, y tratar de afrontarlas de la mejor manera posible. La vida es ya. La vida es hoy. La vida es esto que está sucediendo exactamente ahora. Cada suspiro que pasa es un momento perdido (… ¿o aprovechado?). Al final de las cuentas, la vida es el conjunto de cada momento que pasó y el inteligente es quien supo aprovechar cada uno de ellos al máximo. La vida es una secuencia de cambios. ¿Vamos a tenerle miedo a la vida?

31.5.2013

sábado, 2 de mayo de 2015

Siente domingo un sabado

    Ella agarra la lapicera y escribe. Escribe porque extraña. Escribe porque extraña esa persona que ella era mientras escribía. Pero lo que antes le salía como acto-reflejo para buscar y encontrarse ahora le resulta difícil. Está trabada. Tiene miedo a lo que pueda llegar a escribir, a no serse sincera o miedo a tal vez serlo demasiado.
   Tiene miedo. Está escribiendo con la cabeza, no con el corazón. Aunque esas son partes del cuerpo... No. Ella está escribiendo con los pensamientos, no con los sentimientos; ahí va mejor. ¿Qué busca?, ¿qué encuentra? Ella quiere ser papel, quiere ser palabras, quiere entenderse. Ella quiere que la tinta haga inmortal su sensación momentánea a domingo. Pero es raro... porque no es domingo. Es sábado. ¿Por qué siente domingo un sábado? ¿Qué significa sentir domingo? O mejor dicho, ¿qué significa sentir domingo para ella?
    Ella se escapa para ser encontrada. Se va a su galería. Se sienta. Se caga de frío. Escucha canciones en otro idioma que hablan del mal de amores y alguna que otra cada tanto de amor "del bueno". Mira el cielo nublado. Piensa. Espera que llueva. Se da cuenta que se acerca una porcioncita de cielo celeste y se decepciona. No sabe por qué. Tal vez porque ya no puede mirar más el cielo nublado ni pensar ni esperar que llueva. Y escribe. Ella agarra la lapicera y escribe.
      Escribe la sensación  domingo y la tristeza de saber en el fondo que no es domingo. Y escribe en tercera persona porque busca encontrarse y entenderse, pero no puede. No puedo. Siento domingo un sábado.